miércoles, 11 de abril de 2012

Valentino regresa a Madrid

Capítulo 33
Fotografía realizada por Aquiles Torres


     El avión en que venía Valentino desde París aterrizó a las siete en punto de la tarde en la Terminal 4 del aeropuerto de Madrid. Durante todo el tiempo que duró el vuelo pensó en esas semanas densas y dolorosas que había pasado en Homs. Aunque durante su vida había visto cometer muchas barbaridades, sobre todo por la ambición de los dictadores, seguía sin acostumbrarse a la barbarie. No entendía cómo algunos hombres pertenecientes a la especie humana, la misma especie que había descubierto la penicilina, escrito Romeo y Julieta, formulado la Teoría de la Relatividad, pintado El Guernica, o compuesto conciertos maravillosos, eran capaces de destripar a sus congéneres sólo para tener unas migajas más de poder. Repentinamente se percató que desde hacía muchos años se había movido como un péndulo entre el bien y el mal.  

     A pesar de su experiencia como reportero en zonas en conflicto no se imaginó que la noticia de su desaparición en Siria sería divulgada tan intensamente en Europa. Especialmente en España donde había causado un gran revuelo e indignación. Sobre todo porque durante el tiempo en que pasó sin que se supiera nada de él, protegido por la modesta y humanitaria familia siria que le había dado cobijo y curado sus heridas, lo habían dado por muerto en medio de los combates de Homs. Por esta razón, al ingresar al vestíbulo de llegadas de pasajeros del aeropuerto, sorpresivamente, se encontró con decenas de periodistas que lo esperaban porque querían entrevistarlo y conocer más detalles de su pesadilla. Y aunque venía cansado y todavía medio magullado, y quería abrazar a sus familiares y amigos que lo recibieron jubilosos, al final accedió a atender a sus colegas. Allí mismo, en una cafetería del aeropuerto se improvisó un encuentro con sus compañeros de profesión, en el que detalló la parte humana de la noticia, la relativa a la forma en que había conseguido salvar su vida y lo que había sentido, porque era lo que, al parecer, por no conocer esos detalles, más interesaba a la opinión pública. Luego lo llevaron al hospital de La Princesa donde fue sometido a un chequeo médico completo.

     Veinticuatro horas después de su ingreso fue dado de alta.
El informe decía que necesitaría un par de semanas para curar sus heridas físicas y le recomendaban guardar reposo durante varios días. Sin embargo Valentino sabía que las otras heridas, las que se le habían quedado abiertas en su memoria, iban a requerir de mucho tiempo para cicatrizar.

     Cuando se dirigía desde el hospital hasta su cómodo departamento, mientras el vehículo que lo trasladaba circulaba por la calle Serrano, se percató que en Madrid, aparentemente, todo seguía igual que cuando varias semanas antes había comenzado su viaje a Siria: la gente continuaba caminando despreocupadamente por las calles lejos del volcán que él había dejado atrás. Cuando el coche terminó de hacer la rotonda de la Puerta de Alcalá y enfiló por la calle Alfonso XII hasta llegar a la calle Espalter, Valentino tuvo conciencia que era un privilegio vivir en un país sin guerra, el tener tantos amigos y familiares que lo estimaban y, sobre todo, el trabajar en algo que amaba: el periodismo.

     Cuando llegó a su departamento se encontró con María, la chica rumana que tres veces a la semana venía a ocuparse de las cosas de la casa. El departamento estaba impecable como siempre, pero lleno de ramos de flores que le habían enviado conocidos y extraños. Después de saludar a María, lo siguiente que hizo fue llenar el jacuzzi de agua templada. Bajó las persianas y, en penumbras, se desnudó y se metió al líquido tibio. Luego cerró los ojos y se dejó acariciar por los chorros de agua durante varios minutos, hasta que se relajó totalmente. Casi se había dormido cuando aparecieron junto a la bañera Muchosnombres y el señor Destino. Valentino intentó levantarse, pero Muchosnombres le dijo:
- No te muevas, quédate donde estás. Sólo queremos decirte que aunque no nos hayas visto, siempre hemos estado contigo. Nos alegramos que esté bien; sigue disfrutando de tu baño.

     Y desaparecieron igual como habían llegado.

     Durante los días siguientes Valentino se dedicó a contestar todas las muestras de cariño y de solidaridad y, a pesar de las indicaciones de los médicos, al cuarto día empezó a trabajar.

     Una tarde de un viernes de abril, cuando se había preparado para visionar una película clásica, sonó el timbre y, aunque en un principio pensó en quedarse quieto sin hacer ruido, para que quien fuera pensara que no estaba en casa y se marchara, finalmente se levantó, fue hasta puerta, abrió la mirilla y descubrió que allí estaba Michelle. “¿Michelle en Madrid?”, se preguntó y volvió a mirar para asegurarse que era ella. El timbre volvió a sonar y Valentino finalmente abrió la puerta. Cuando la chica lo vio se quedó petrificada y empezó a estremecerse por un llanto sordo que, al final, se transformó en un “Creí que no te volvería a ver”.
- ¿Por qué me miras así? ¡No soy Lázaro! – La reprendió con tono jocoso.

     Luego la invitó a entrar y a compartir la película que tenía lista para comenzar en el reproductor de DVD. Antes fue a la cocina a buscar un bote hermético que contenía “palomitas” con caramelo.
- Una buena película es mejor verla comiendo palomitas con caramelo ¿Te gustan?
-¡Me encantan! – Contestó Michelle terminando de secarse las lágrimas.

     Valentino se sentó junto a ella y le tomó la mano y se la apretó. Así, unidos sintiendo la tibieza de sus manos vieron la dramática y romántica película “An Affair to remember”, la versión filmada en 1957 en la que trabajan Deborah Kerr y Cary Grant, y que en castellano es conocida como “Algo para recordar”. Cuando aparecieron las palabras “The End” en la pantalla, Michelle con los ojos llenos de lágrimas preguntó bajito: “¿Crees que todavía quedan amores así?”.
- Anda, deja de llorar. ¡Claro que quedan! Vamos… salgamos a mirar el mundo que me hace falta. Ya comenzó la primavera. Te invito a tapas y a cerveza en una terraza secreta que conozco.
- ¿Dónde queda esa terraza?
- ¡Ja!...Si te lo digo ya no sería secreta… ¿No crees?

     Cuando iban caminando por la calle Arenal, frente a la Real Iglesia de san Ginés, se encontraron con un gentío que miraba cómo los cofrades de la Virgen de la Soledad sacaban su paso en procesión. Michelle se quedó impávida porque hasta entonces sólo había visto penitentes y nazarenos en la televisión o en el cine. Pero verlos allí, a pocos metros de ella, cubiertos con sus túnicas de diferentes colores y con sus capirotes cubriéndoles el rostro, le impresionó.

     Dejaron atrás la procesión y siguieron hasta las terrazas que hay junto al Teatro Real, en la Plaza de Oriente. Hacía una temperatura agradable y había mucha luz.

     Estaban en medio de un silencio tibio bebiendo sus cervezas, cuando Michelle preguntó:
- Valentino ¿Por qué la mayoría de los hombres os fijáis siempre sólo en la belleza física externa?
- Michelle… ¿En eso has estado pensando todo este rato?
- No, es algo que se me ha ocurrido en este momento.
- No todos pero la mayoría sí lo hace; también las mujeres lo hacéis. Yo lo he hecho algunas veces en mi vida, pero luego me he llevado desencantos monumentales.
- A mí también me ha sucedido.
- ¿Lo ves? Los hombres y las mujeres no somos tan diferentes.
¿Sabes lo que siempre me pregunto cuando conozco a una mujer muy hermosa, tanto que se llega a creer el centro del universo?  Me suelo preguntar cómo será de piel hacia adentro. ¿Serán tan bellos sus pulmones como su nariz respingona? ¿Será su hígado tan hermoso como el contorno de su cintura? ¿Será más bello aún su sistema circulatorio que su sonrisa cautivadora?
- ¡Ja!...Tienes razón; nunca lo había visto así.
- Pero no sólo se trata de belleza física exterior o interior. Hay algo más que es invisible a nuestros ojos.
- ¿Cómo qué?
- Como los sentimientos, por ejemplo. Creo que a veces es bueno preguntarse si la conducta de una persona es real o sólo finge para caer bien. Cómo saber si es generosa o avara, si es legal o maquiavélica, o si es simpática o antipática.
- Sólo el tiempo te ayuda a saber eso.
- Pero a veces no lo llegas a saber nunca.

     Cuando decidieron regresar al departamento ya la luz se había empezado a marchar y se levantó un vientecillo fresco.
Se levantaron y ella le pidió que pusiera su brazo sobre uno de sus hombros.
- Valentino…quiero ser feliz – le confesó mientras ella, a su vez, le circundaba la cintura con su brazo.

     Así, entrelazados, llegaron al departamento de Valentino. Decoraron la mesa de la terraza para cenar al aire libre, encendieron velas aromáticas y juntos fueron a la cocina. En un bol transparente gigantesco, prepararon una ensalada de lechugas; aceitunas de la variedad manzanilla cacereña; atún; trocitos de piña, kiwi y manzana verde; todo aderezado con una salsa compuesta por aceite de oliva, una pizca de ajo, pimienta negra, curry y sal. Para beber eligieron un vinho verde del noroeste de Portugal, un caldo fresco, elaborado  cuando las uvas aún no están maduras del todo, que Valentino había traído del país vecino el año anterior. De postre se sirvieron fresones con jugo de naranja. Y terminaron con un café que les ayudó a hablar de sus respectivas vidas. Michelle, incluso, se atrevió a preguntarle por sus cicatrices. Valentino, sonriente, le respondió: “Son tatuajes que me ha hecho la vida”. Michelle rio y arguyó: “Cuando nos conocimos me contaste que de tus viajes solías traer una pequeña obra de arte; en cambio esta vez trajiste heridas”.
- Esto son sólo costras de sangre seca que el tiempo hará desaparecer; las heridas que duelen de verdad son las que tenemos aquí – Dijo Valentino poniendo su mano en el lado izquierdo de su pecho, sobre el corazón.
- ¿Tienes muchas cicatrices en tu corazón?
- Algunas tengo.
- Pero ninguna te ha matado.
- Ninguna, aunque a veces han tirado a matar.

     Se levantaron cuando eran casi las once de la noche. Entonces Michelle le recordó:
- Me prometiste que la próxima vez, que es ésta, me podría quedar a dormir en tu casa.

     Valentino la abrazó con ternura y le susurró: “Si lo recuerdo; y suelo cumplir mis promesas”.
- ¿Entonces puedo quedarme contigo?
- Por supuesto.
- ¿Puedo ducharme?
- ¡Naturalmente! Ya sabes donde hacerlo.