domingo, 18 de marzo de 2012


Valentino en el infierno sirio 
Fotografía hecha por Aquiles Torres
de un dibujo a carbón realizado por Alejandro Torres

     El mes que estuvo Valentino trabajando como reportero en Siria fue muy duro para él. La mayor parte del tiempo permaneció en Homs, a 140 kilómetros de Damasco, donde se libraban las más cruentas batallas entre el ejército de Asad y el pueblo organizado en resistencia. Homs es la tercera ciudad Siria y tiene una población de un millón de habitantes. Durante esas semanas trabajó en condiciones precarias, en permanente peligro e, incluso, mientras estaba cubriendo los enfrentamientos en el barrio de Bab Amro, que tiene una población de unas 40.000 personas, la mayoría musulmanes sunitas, estuvo en dos ocasiones a punto de perder su vida.

     Valentino estaba en Homs el día en que murieron Marie  Colvin, reportera norteamericana que trabajaba para el Sunday Time; Remy Ochlick, fotógrafo francés de la revista Paris Match; y el sirio Rami al Sayeed, uno de los mártires de la resistencia que, jugándose la vida, salía a la calle a grabar vídeos para evidenciar al mundo lo que el dictador Asad estaba haciendo con su pueblo. Valentino tuvo más suerte. Mientras fotografiaba los combates en una calle de una barriada de la ciudad, a pocos metros de él cayó una sorpresiva lluvia de proyectiles de mortero. No alcanzó a guarecerse y fue herido, pero no pereció. Le destrozaron sus cámaras y su computador, y él recibió esquirlas de metralla en sus brazos y en su cabeza. Cayó bruscamente al suelo, se dio un fuerte golpe en su frente y quedó tirado medio muerto durante un par de horas en plena calle. Cuando la soldadesca y los “shabiha”, matones del régimen de Bashar al Asad, invadieron la calle donde él yacía moribundo para rematar a los heridos, lo dieron por muerto. Afortunadamente para él, no se dieron la molestia de pegarle un tiro en la cabeza o degollarlo, como hicieron con otros heridos que se movían y quejaban. Estuvo muy cerca de engrosar la lista de periodistas muertos en “combate por la libertad de prensa”, pero salvó su vida. Cuando anocheció, los miembros de una humilde familia siria que se asomó a la calle lo vieron que yacía cerca de la puerta de su casa, se aproximaron a él y comprobaron que, aunque embadurnado de sangre seca, respiraba. Jugándose sus propias vidas lo arrastraron hasta el interior de su  vivienda, lo tendieron en uno de los jergones de sus hijos y le lavaron las heridas. Volvieron a comprobar que seguía respirando y lo dejaron descansar. Al poco rato empezó a delirar. Cada dos horas le ponían un paño mojado en su frente y le humedecían los labios con agua fresca.

     En su delirio Valentino veía a Venus, la chica valenciana a la que tanto había amado, la que tenía constelaciones de lunares en sus pechos, la misma que durante varios años de su vida le estrujó el corazón. La veía bajando cogida de su brazo al comedor del hotel Reina Victoria de Valencia, esplendorosa como una princesa de cuentos orientales, con el cabello que parecía una enredadera de jazmines, todavía húmedo por la ducha reciente. En los sueños febriles de Valentino, Venus vestía un traje blanco, esplendoroso, con un cinturón color índigo ciñéndole la cintura y zapatos del mismo tono. Soñaba que le decía “Tu cabello huele a un perfume que me excita”. Y ella, riendo a carcajadas, tomaba su pelo entre las manos y lo hacía danzar en forma provocativa en medio del comedor lleno de huéspedes que a esa hora desayunaban. Y todas las mesas, cubiertas de manteles blancos e impecablemente adornadas, se llenaban de jazmines que caían en cascadas de la cabellera de la bella muchacha.

     La mañana del tercer día Valentino abrió los ojos y recobró la conciencia, pero no se acordaba de nada de lo que le había sucedido. Quiso incorporarse y no pudo; estaba demasiado débil y le dolía todo el cuerpo. Todo le daba vueltas como si estuviera en medio de un remolino de fuego. Al darse cuenta que Valentino había vuelto en sí, de inmediato el matrimonio y sus tres hijos corrieron a ayudarlo. Al principio reaccionó con desconfianza ante aquellas personas que no conocía, pero lo tranquilizaron explicándole que formaban parte de la resistencia y que lo habían encontrado casi muerto en medio de la calle. Entendió que de no haber sido así ahora estaría diluyéndose en el universo. Cuando pudo balbucear algunas palabras se atrevió a preguntarles a sus ángeles guardianes qué le había sucedido y dónde estaba. Pero como ellos no hablaban ni castellano ni inglés, sólo árabe y lengua azerí, se lo explicaron por señas y le trajeron un pequeño espejo para que pudiera ver su rostro. Sólo entonces Valentino comprendió que había vuelto del lado oscuro del lago y se tranquilizó. Preguntó por sus cosas, por su equipo de trabajo, por su hotel. Le explicaron que, probablemente, casi todas sus pertenencias se las habían llevado los soldados de Bashar Al- Assad, porque tenían derecho a pillaje. Y que el hotel de los periodistas ahora estaba en ruinas, igual como casi toda la ciudad. Agregaron que bajo su cuerpo encontraron un pequeño bolso que los soldados no se lo llevaron porque no lo habían visto. Se lo trajeron y comprobó que en su interior estaba todo intacto: su pasaporte español; una agenda; un pasaje aéreo Beirut-París; su estilográfica; seis mil euros; sus tarjetas de crédito; pastillas para potabilizar agua; antibióticos que solía llevar por si sufría alguna infección; y las tres cartas de naipe que le había regalado el señor Destino para que las utilizara en caso que quisiera doblarle la mano a su sino: una azul, otra roja y la tercera amarilla, brillando e iluminando de color óxido la habitación.

     Aunque nunca lo habían visto antes, sus salvadores lo cuidaron como si hubiera sido un ser querido, y valiéndose  de comunicación no verbal le explicaron que habían oído que varios periodistas habían muerto en medio del fuego. Le recomendaron que mientras las puertas del infierno estuvieran abiertas de par en par, mejor permaneciera escondido allí, porque su casa era demasiado modesta para que los esbirros de Asad se dignaran entrar a ella.

     Poco a poco Valentino comenzó a recordar el momento en que cayó abatido. La última secuencia que se le vino a la memoria fue que estaba en medio de la calle mientras comenzaban a caer proyectiles y la gente corría desesperada, cruzándose de lado a lado como los hilos de una tela de araña. Recordó que sintió varios impactos sobre su cuerpo que le causaron un dolor insoportable, y que luego se desplomó hasta azotar su cabeza contra el asfalto. A pesar del fuerte golpe, todavía permaneció consciente un par de minutos en los que alcanzó a ver, como en una película en cámara lenta, cómo caían heridos de muerte mujeres, hombres y hasta niños. Intentó incorporarse pero el dolor se lo impidió. Luego, se le llenó el cerebro con las imágenes de la última navidad, especialmente la dulce llamada telefónica que había recibido de Michelle, la azafata mexicana. Al fin todo comenzó a oscurecerse y se preparó a morir. No sintió miedo, sólo quería que cesara el dolor que lo envolvía. Nunca como entonces entendió que morir era algo natural. Sabía que su cuerpo se desintegraría y que todos sus átomos, como se lo había asegurado Muchosnombres, pasarían a formar parte de otra cosa diferente a lo que ahora era él.

     Sin embargo había sobrevivido. Tras una semana de convalecencia, cuando recobró parte de sus fuerzas y fue capaz de ponerse en pie, la tormenta de fuego comenzó a amainar. Aunque sus salvadores le sugirieron que se quedara un tiempo más, al día siguiente decidió intentar salir de la ciudad. Cogió su escaso equipaje, anotó las señas de la familia que le había salvado la vida y protegido y, aunque ellos se negaban, les obligó a recibir la mitad del dinero que llevaba en su cartera. Los abrazó a todos y prometió volver algún día. Luego, el jefe de la familia lo guio por un laberinto de callejuelas llenas de escombros y de cuerpos descompuestos, hasta dejarlo junto a una carretera que estaba desierta, indicándole la dirección que llevaba hacia el Líbano. Caminó por ella avanzando lentamente, siempre hacia Beirut. Cuando sentía ruido se escondía y cuando regresaba el silencio continuaba. Durante su éxodo se encontró con tres colegas periodistas que, también heridos, hacían la misma ruta que él. Finalmente los cuatro pudieron escapar de la ratonera donde se habían metido, gracias a que en el segundo amanecer se encontraron con un convoy formado por siete camiones del Comité Internacional de la Cruz Roja y de la Media Luna Roja Siria, cuyos voluntarios, tras muchas dificultades, lograron atravesar con ellos la frontera. Ya en el Líbano, se dirigieron directamente al aeropuerto internacional Rafic Hariri de Beirut. Fue allí donde Valentino y sus compañeros de huida se enteraron de los nombres de su camaradas caídos y ,que a ellos, los daban por desaparecidos. Apenas pudo, desde el mismo aeropuerto, Valentino envió mensajes a sus familiares y a Nieves, la secretaria del Club Internacional de Prensa para informales que estaba vivo. Antes de subir al avión, también alcanzó a contestar algunos de los cientos de mensajes de ánimo que había recibido de sus lectores habituales, y varios correos electrónicos de Michelle, llenos de cariño y ternura.

     Cuando el avión por fin despegó, ya instalado en su asiento, Valentino cerró los ojos y sonrió, porque lo que no se imaginaban las fuerzas de seguridad sirias es que en su pequeño bolso negro que se había salvado de la rapiña, guardaba también una memoria USB con más de mil fotografías que le habían entregado miembros de la resistencia que demostraban las masacres indiscriminadas y las terribles torturas que los esbirros del régimen infringían a todo aquél que no estuviera de acuerdo con Asad: golpizas, colgamientos, descargas eléctricas, violaciones de mujeres, y degollamientos. Valentino sabía que parte de esas imágenes, antes de 24 horas, serían publicadas por lo medios de comunicación más influyentes del planeta, lo que provocaría que en el mundo se recrudecieran las acciones de repulsa contra el tirano.
 
https://www.google.es/search?q=reporteros+en+siria&hl=es&prmd=imvnsu&source=lnms&tbm=isch&ei=fDdlT5eELqmr0QW6vMCcCA&sa=X&oi=mode_link&ct=mode&cd=2&ved=0CCMQ



domingo, 26 de febrero de 2012

Regalos extraordinarios

     Capítulo 31
(Fotografía realizada por Aquiles Torres)


     Cuando el suelo de la casa empezó a vibrar y el aire se hizo irrespirable por la densa mixtura de olores fuertes y desagradables que despedía el ambiente de la sabana africana, Valentino le hizo una seña a Muchosnombres para sugerirle que hiciera regresar todo a la normalidad. De inmediato todo volvió a ser como era tres minutos antes y, aparte del sonido del traqueteo de unas copas de cristal, se hizo un silencio ancho como un horizonte. 


     Sólo quedaron, durante unos segundos, tres plumas de buitres flotando en el aire, hasta que finalmente cayeron sobre el delicado mantel. Lentamente los comensales comenzaron a reaccionar y empezaron a oírse murmullos y luego risas nerviosas. Por último, entre sonoros aplausos,  todos prorrumpieron en prolongados y estentóreos “vivas y bravos” en honor a Muchosnombres y al señor Destino por el magnífico truco que acababan de hacer en su honor.  


     Al finalizar de ingerir las viandas de la cena, comenzaron a degustar turrones, mazapanes, polvorones y sidra dulce “a asgaya”. Algunos habían comido tanto que apenas probaron los postres; se excusaron diciendo que estaban “refalfiaos” de tanto comer y, en cambio, prefirieron servirse un sabroso licor de cerezas del Valle del Jerte y Ratafía Catalana.


     Antes de tomar el café, la madre de Valentino les informó a sus seres queridos que ya podían leer los mensajes que les había preparado. Al instante, entusiasmados, comenzaron a levantar las lengüetas de los sobres que contenían los vaticinios escritos por Elvira. Algunos leyeron su carta en forma circunspecta, otros sonreían, y a varios se les llenaron los ojos de lágrimas y se levantaron a besar a Elvira. 


     Debido a que la “ecribidora” de vaticinios no conocía a Muchosnombres ni al señor Destino, se disculpó por no haberles también dejado a ellos sus correspondientes sobres con sus predicciones. Sin embargo, quiso ser gentil y les propuso que, si querían, cuando terminaran la cena les podría leer las líneas de sus manos.
- ¡Qué buena idea! – Exclamó guasón el señor Destino. Y agregó - ¡Hace siglos que quiero saber lo que me depara el destino! Desde que un nigromante de la corte de Cleopatra me descifró los códigos de las palmas de mis manos, nadie más lo ha hecho.


     Estaban todos entusiasmados leyendo sus predicciones 
cuando sonó varias veces el teléfono de Valentino. Como no lo contestaba, el señor Destino lo instó a hacerlo:
- Valentino, por favor, contesta tu teléfono.
- ¿Es el mío? – Preguntó Valentino haciéndose el cándido.
- Sí, es el tuyo. Sabes que es el tuyo.
     Finalmente, sonriendo, Valentino se disculpó:
- Como no teníamos conexión por la tormenta, me había olvidado del teléfono – Y a continuación contestó la llamada. 


     Se produjo un silencio transparente. Alguien entonces comentó: “Ha pasado un ángel”. Sin embargo nadie rompió la tregua porque todos querían escuchar lo que contestaría Valentino. A los pocos segundos le dijo a su interlocutora telefónica:
- Gracias, también yo te deseo lo mejor…. ¡Vale! Confírmame la fecha de tu llegada por e-mail. Sí, mi invitación sigue en pie. Lo siento, pero en el restaurante “La Flor de Montera” no hacen reservas, pero sé a qué hora ir para conseguir mesa. ¿El programa?...Lo mejor es que lo improvisemos 
¿Te parece?...También yo te mando un beso. Nos veremos dentro de unos días. Sería mala suerte que tu estancia en Madrid coincidiera con un reportaje periodístico que debo ir a hacer a Siria.


     Ante la mirada inquisitiva de los presentes, Valentino les confidenció:
- Era una amiga mexicana.
- Que se llama Michelle – agregó el señor Destino. 
- Sí, era Michelle.
- ¿Y quién es Michelle? ¿Una amiga periodista?– le preguntó su madre.
- No madre, es una chica mexicana que vive en Chile y que conocí hace algunas semanas mientras visitaba las excavaciones de Atapuerca en Burgos. 
- Y que luego, por esas cosas del destino, la reencontró en Madrid – Exclamó con sorna el señor Destino.
- ¿Es verdad que fue una casualidad? – Le consultó una de sus hermanas. 
- Sí, es verdad – Admitió Valentino.
- ¡Vaya casualidad! ¿Y cómo es ella? - Quiso saber su hermano mayor.
- Es una chica normal.
- ¿Cómo de normal? – Insistió el hermano. Y dejó caer otra pregunta - ¿Tienes una foto de ella para que la conozcamos?
- No, la verdad es que apenas la conozco; ni siquiera tengo fotos de ella.
- Sí tiene; en su billetero tiene una foto – Aseguró el señor Destino sonriendo en forma maliciosa.
- No, verdad señor Destino, no tengo fotos de Michelle.
- Sí señor Valentino, tienes una, abre tu billetero.
     A regañadientes Valentino lo hizo y, efectivamente, en uno de los compartimentos había una fotografía de la mexicana que el señor Destino, valiéndose de sus poderes había puesto allí. De inmediato la foto pasó de mano en mano y todos empezaron a hacer comentarios. Hasta los sobrinos de Valentino le preguntaban a coro “¿Será nuestra tía?”. Al finalizar la ronda, durante varios minutos, la conversación giró en torno a la hermosa chica sonriente de la fotografía que el señor Destino había hecho aparecer en la cartera de Valentino.
La última en opinar fue su madre, quien sentenció:
- Tiene cara de buena persona, hijo; sus ojos dejan ver un interior más hermoso aún que su rostro.  
- Y las madres suelen no equivocarse – Argulló en medio de una sonora carcajada el señor Destino.


     Cuando terminaron la cena se levantaron y dividieron en pequeños grupos en los amplios salones de la vivienda.
Fue sólo entonces, cuando Muchosnombres, aprovechando que estaba a solas con Valentino, extendió su brazo y le entregó  una pequeña caja.
- Te he traído un pequeño obsequio, querido amigo.
- ¿A mí? ¿Por qué?
- Porque nunca me has pedido nada para ti.
- Me lo advertiste cuando te conocí en el Parque del Retiro ¿Recuerdas?
- No sólo lo recuerdo, lo tengo siempre presente. Te vuelvo a recordar que para mí siempre es presente. 
- Lo sé, lo sé.
- ¡Anda, abre la caja! – le susurró al oído.


     Valentino desató la cuerda, cuando abrió la tapa de la pequeña arca un aroma embriagador, como una serpiente sigilosa, se deslizó de ella. Miró al interior y descubrió que contenía un simple papel con la frase “Vale por un diez por ciento más” con caracteres manuscritos. Aunque se sorprendió, lo disimuló bien, y le dijo a Muchosnombres:
- No lo entiendo. Sólo percibo un olor muy agradable que no había sentido nunca, y a la frase no le encuentro sentido. ¿A qué te refieres con un diez por ciento más?
- ¿No adivinas qué significa?
- Lo lamento, pero no.
- Es algo por lo que muchos hombres y mujeres matarían.
- ¿Está relacionado con el dinero?
- ¡Frío frío!
- ¿Tiene relación con el poder?
- ¡Frío frío!
- ¿Con las relaciones humanas?
- ¡Tibio tibio!
- ¿Con la edad talvez?
- Caliente caliente.
- Sigo sin entenderlo del todo.
- Significa que te regalo algo muy especial: tiempo. 
- ¿Tiempo? ¿Se puede regalar el tiempo?
- Yo puedo. Vivirás un diez por ciento más de lo que te hubiera correspondido vivir. 
- Es el mejor regalo que me han hecho en mi vida; no sé qué decir – Confesó Valentino.
- Pues no digas nada. Me alegro que te guste – contestó Muchosnombres.


     De inmediato el señor Destino le entregó también un pequeño estuche.
- Querido Valentino, también yo te he traído un presente.
- ¿Otro obsequio más?
- Sí, ábrelo, te será útil en tu vida.


     Valentino rasgó el papel, abrió la pequeña caja rectangular y dentro había tres cartas correspondientes a tres “jokers”.
- Son tres comodines.
- Efectivamente son tres comodines. Como sabes, en algunos juegos los comodines son cartas que, al combinarlas con otras, toman el valor que el jugador que los posee les quiera dar. Sirven para completar una mano y ganar un juego.
- ¿Quieres decir que en el juego de la vida pueden servir para cambiar el destino?
- Efectivamente.
- ¿Y en caso de una dificultad las podré usar? ¿Surtirán efecto?
- Te las regalo para que las uses. Si alguna jugarreta mía puede hacerte daño y quisieres cambiar el resultado del juego, me puedes devolver una carta y yo te daré una segunda oportunidad. 


     Apenas Valentino cerró las dos cajas todos se acercaron a ver qué contenían. Y al comprobar que sólo eran dos papeles con frases que no pudieron relacionar con nada volvieron a lo que estaban haciendo. Mientras, Valentino con el corazón latiéndole a cien por hora de felicidad por la suerte que tenía, les gritó a sus seres queridos:
- Son bromas de estos dos, son bromas de estos dos – y emocionado, les dio un abrazo a ambos.

viernes, 20 de enero de 2012

Una Nochebuena con sorpresas

Capítulo 30
(Fotografía realizada por Aquiles Torres)

     La noche del 24 de diciembre el interior de la casa de montaña de los padres de Valentino estaba iluminado por el resplandor de las llamas de las dos inmensas chimeneas y por la luz cálida de decenas de velas que habían dispuesto estratégicamente por todos los rincones de la estancia.

     Después que los niños terminaron de cenar, se situaron a jugar junto a la maqueta del pesebre y al árbol de Navidad, donde reían y canturreaban villancicos. Cuando faltaban algunos minutos para las nueve de la noche, Elvira, la madre de Valentino, invitó a todo el grupo a ocupar sus puestos junto a la inmensa mesa que lucía esplendorosa, cubierta por un mantel de color verde manzana, sobre el cual habían depositado una vajilla de colores carmesí y verde oscuro; numerosos cuencos con aderezos de diferentes colores y sabores; varias botellas de cristal tallado que contenían vinos blancos y tintos; cubiertos de plata, con la marca de una herradura en los mangos, que nadie recordaba qué generación la había aportado a la familia; y como ahora está de moda, copas translúcidas, de diferentes estilos y colores: púrpuras, añiles, verdes, azules y amarillos. Frente al puesto de cada comensal había pequeños sobres con el nombre de cada uno, que contenían una tarjeta escrita a mano por la madre de Valentino, con una predicción y un deseo especial para cada miembro de la familia. La noche anterior a Nochebuena, Elvira solía decir “Me voy a mi oráculo”, y se encerraba con llave en su habitación. En hojas de papel que ella misma fabricaba utilizando fibras vegetales de su jardín, concentraba en ellos sus pensamientos y escribía un nombre de un ser querido y luego apuntaba lo que le dictaba su corazón. Solía decir que era un don, ya que ella no decidía qué escribir, insistía en que había una fuerza en su interior que hacía que su mano caligrafiara los mensajes. El juego consistía en que nadie debía enterarse de las predicciones de los demás. Era una tradición que ella aprendió de su madre, y su madre de la suya y así había sido, probablemente, desde que su linaje apareció sobre la tierra.

     A las nueve de la noche en punto comenzaron a oír los ecos de un coro de voces lejanas que cantaban canciones de Navidad. Valentino sonrió porque recordó que cuando él y sus hermanos eran adolescentes, también salían a cantar recorriendo el pueblo. Todos se asomaron a la puerta y pudieron ver cómo una fila de jóvenes, premunidos de pequeñas lámparas que parecían luciérnagas en la oscuridad, pasaron frente a la casa y luego se perdieron en las callejuelas con dirección a la iglesia.  

- Por favor, todos adentro, ya es hora de servir la cena – Suplicó Elvira.
     De inmediato todos entraron ateridos de frío buscando el calor del interior de la casa. Cuando se sentaron a la mesa sólo las dos sillas que estaban a la derecha y a la izquierda de Valentino permanecieron vacías. Entonces su madre le dijo con un mohín de tristeza:
- Hijo, te advertí que tus amigos no podrían llegar. ¿Te han llamado por teléfono?
- No funcionan los teléfonos, madre. Pero te aseguro que llegarán en unos momentos, puede que antes que comencemos a degustar el aperitivo. ¡Créeme!
- ¿Cómo puedes estar tan seguro, Valentino?
     Valentino lo estaba porque ya conocía lo suficiente a Muchosnombres. Y su pálpito no lo defraudó, porque cuando aún latía en el aire la pregunta que la madre le había hecho, golpearon tres veces a la puerta. Todos se quedaron sorprendidos y miraron a la vez a Valentino, quien se levantó y les dio a todos, sonriente, un repaso como diciéndoles con el gesto: “Os lo dije”. Se dirigió hacia la puerta, la abrió y todos pudieron ver a Muchosnombres y al señor Destino cubiertos de nieve, quienes, al unísono, desearon a todos “Feliz Navidad”. La madre se levantó de inmediato para invitarlos a entrar:
- Soy Elvira, la madre de Valentino, los amigos de mis hijos son siempre bienvenidos en esta casa.

     Luego Valentino les pidió a Muchosnombres y al señor Destino sus abrigos, sombreros y bufandas, y los presentó a todos sus familiares y amigos. De inmediato casi todas las miradas se centraron en Muchosnombres, quien  vestía un elegante traje negro con un escote generoso que enmarcaba unos pechos espléndidos, en medio de los cuales se asomaba un colgante de color granate que brillaba como el fuego. Probablemente ninguno de ellos llegó a imaginar quién era realmente esa hermosa muchacha. Si bien todos sintieron una sensación extraña de unidad y de paz consigo mismos, no sospecharon que esa atmósfera de armonía se debía a que todos ellos formaban parte de Muchosnombres, porque como se lo había repetido varias veces a Valentino, ella era “todo lo existente...siempre”, algo que tampoco él nunca había llegado a entender ni, probablemente, podría conseguir comprender jamás.

     A continuación el padre de Valentino, muy parecido físicamente a su hijo, se puso de pie e invitó a todos a un brindis:
- Por todos vosotros, especialmente por los amigos que acabamos de conocer y que han llegado hasta nosotros a pesar de la oscuridad, del frío y de la nieve de esta noche de tormenta. Para que todos los hombres del mundo lleguen algún día a experimentar la felicidad que yo siento en este momento… ¡Salud!
- ¡Salud! – contestaron todos en coro, a la vez que levantaban sus copas de cristal rebosantes de cava catalán. Al exclamar “salud”, Valentino pensó, con cierta sensación de tristeza, en que lo que todos estaban viviendo no volvería a ocurrir jamás. Probablemente volverían a asistir a una Nochebuena parecida, pero como aquella nunca más, porque en la vida nada se vuelve a repetir del mismo modo.

     Apenas la cena comenzó el ambiente se llenó de conversaciones cruzadas, y del sonido producido por la manipulación de la vajilla y de los cubiertos. El primer plato consistió en sopa de cebolla con puerros y queso rallado, con dados de pan fritos y dorados en aceite de oliva. De segundo sirvieron “Pitu de caleya” acompañado de patatas panaderas, a la vez que dispusieron sobre la mesa varios boles con ensaladas distintas, aderezadas con salsas diversas.

     Mientras cenaban, una hermana de Valentino le consultó a Muchosnombres en qué trabajaban. Le confesó que el día anterior se lo habían preguntado a su hermano, y que éste había escabullido la pregunta, respondiéndoles que no sabía exactamente en qué. La única pista que les había dado es que era un trabajo altamente especializado que les obligaba a viajar mucho por todo el mundo.
- Efectivamente es como ha dicho Valentino, viajamos mucho y nadie, aparte de nosotros, puede hacer lo que hacemos.
- Pero… ¿Se puede saber en qué consiste vuestro trabajo?
    
     Muchosnombres y el señor Destino miraron a Valentino y luego de hacerle un guiño de complicidad, Muchosnombres contestó:
- Somos hipnotizadores y magos, por eso usamos estos nombres de fantasía que tanto llaman la atención a tantas personas. Hacemos trucos que nadie más sabe hacer.
- ¿Hace mucho que trabajan juntos?
- Hace mucho mucho mucho tiempo – Exclamó el señor Destino sonriendo como un bribón.
- ¿Qué tipo de hipnosis y de magia hacen? – inquirió una cuñada de Valentino.
- De todo tipo.
- ¿No tienen una especialidad?
     Entonces interrumpió Valentino, quien explicó:
- Son buenos en todo; hacen trucos que parecen imposibles.
- Me encanta la magia y la hipnosis - Confesó el padre de Valentino. Y matizó – Recuerdo que hace apenas unos siglos  la magia estaba prohibida; decían que era brujería. Por esta razón, en estas tierras, la Inquisición llevó a muchos inocentes a la hoguera.
- ¿Nos podrían regalar con algún truco? – suplicó Elvira.
- ¿Qué le gustaría, Elvira?
- No sé… ¿Podrían hacer aparecer un conejito?
- Lo del conejo lo hacen casi todos – Se excusó Muchosnombres - ¿Le parece mejor que hagamos aparecer un animalito más grande?
- Lo que usted quiera Muchosnombres - le respondió Elvira.

     Como los niños habían oído que aparecería un animalito, se acercaron a la mesa y comenzaron a chillar entusiasmados:
- Yo quiero que hagan aparecer un león.
- Y yo un elefante.
- Mejor un rinoceronte.
- Yo prefiero una jirafa con un cuello muy largo.
- Sí sí, jirafas, y también cebras.
    
     Muchosnombres y el señor Destino se entusiasmaron con la reacción de los críos y comentaron al unísono:
- Vale niños, haremos aparecer algunos animalitos africanos. Por favor, que nadie toque nada de lo que vean y que nadie se asuste, porque recuerden que es sólo una suerte de magia. Todo es fantasía. Y ahora, por favor, mírennos a los ojos.

     Y tal como había sucedido en el Restaurante del Casino de Madrid unos meses antes, en un santiamén, el inmenso comedor se transformó en una llanura africana con un sol que producía un calor sofocante, repleta de elefantes que barritaban, búfalos que mugían, hienas que aullaban, impalas que bramaban, leones que rugían, guepardos que gruñían, cebras que emitían un sonido entre un rebuzno y un relincho; sólo a las jirafas no se les oía ruido alguno porque, según explicó el señor Destino, emiten sonidos con una frecuencia muy baja, que los humanos no podemos percibir. Todos esos animales estaban allí, sobre una vasta sabana que se extendía hasta donde se perdía la vista.

     Al ver los animales, todos los comensales, con la excepción de Valentino, quien ya conocía el percal, comenzaron a inquietarse. Las hermanas y una cuñada de Valentino, al ver que los leones se comenzaban a acercar a los niños, comenzaron a gritar, mientras tres elefantes metían sus trompas en la mesa hasta zamparse un par de bandejas de turrones. Lo peor fue cuando se dejaron caer sobre la mesa una docena de buitres que empezaron a picotear todo lo que encontraban. Mientras los chavales exclamaban “¡Qué guay…qué guay!”, el resto de la familia permanecía como petrificada en sus asientos, sin mover nada más que sus ojos de derecha a izquierda y viceversa, sin poder explicarse cómo habían podido todos ellos meterse en esa llanura africana que era igualita a las que en alguna ocasión habían visto en las documentales de la National Geographic. 

sábado, 31 de diciembre de 2011

Navidad en la aldea de la infancia

Capítulo 29
(Fotografía realizada por Aquiles Torres)

     El 23 de diciembre, temprano, en un día muy frío pero con mucho sol, Valentino salió desde Madrid hasta el lugar donde  pasaría la Nochebuena con sus seres queridos. Por delante le esperaban varias horas de viaje. Cuando faltaban menos de cien kilómetros para llegar a su destino el día continuaba siendo azul, pero la tierra estaba manchada de nieve. Iba feliz escuchando villancicos de Navidad. Incluso los canturreaba. Miraba la naturaleza que se le ofrecía tan bella, que casi le parecía un sueño o el escenario de un ballet. Sin embargo, igual como cambia la vida, a medida que empezó a subir hacia la montaña, el cielo se empezó a nublar, el ambiente se tornó amenazante, la temperatura bajó y, finalmente, comenzó a nevar.

     Así, conduciendo en medio de una suave nevada, llegó Valentino a un pequeño pueblo de montaña enclavado en lo más profundo de la Cordillera Cantábrica. Allí sus padres tienen una gran casa, empezada a construir más de dos siglos antes por antepasados por vía materna, que distintas generaciones la habían ido ampliando con el tiempo. La madre de Valentino la había heredado cuando era soltera. Luego, cuando se casó con el padre de Valentino, comenzaron a restaurarla y, a medida que fueron naciendo hijos, la ampliaron aún más. Desde entonces era uno de los lugares favoritos de vacaciones de la familia. También es el lar que, durante estos días de invierno, permanece tibio gracias a las dos chimeneas que mientras ellos están allí, las mantienen siempre encendidas. Es en esta casa donde todos los miembros  del clan, formado por los hermanos, hermanas, maridos, esposas, sobrinos, sobrinas y abuelos de Valentino, acostumbran a reunirse a celebrar las Pascuas. Valentino solía decir que no concebía vivir una Navidad en otro lugar que no fuera en aquel hermoso enclave del Pirineo español, porque sus primeros recuerdos de la Natividad son de allí.

     La aldea, que es como un lunar en medio de la montaña, tiene menos de doscientas casas y en el centro de ellas, en una gran plaza, hay una iglesia románica muy antigua, levantada a poco de comenzar el segundo milenio, en el mismo lugar donde la tradición cuenta que existía una ermita construida en el siglo sexto. El hermoso y austero edificio del templo románico, tal como ha permanecido hasta hoy, incluso, fue comenzado a construir medio siglo antes que la Catedral Románica de Santiago de Compostela, cuando gran parte de la Península Ibérica estaba invadida por los musulmanes, quienes tenían su capital en el sur, en la ciudad de Córdoba.

     Ese paso del milenio primero al segundo generó entonces temores irracionales en los supersticiosos hombres de la época. También coincidió con un suceso políticamente muy importante: entre las fuerzas que invadían entonces lo que en esos años era España, se produjo una “Fitna”, que en árabe significa “guerra civil o división”, tras la cual, la fuerzas invasoras se fraccionaron en decenas de facciones que se transformaron en reinos islámicos independientes llamados “Taifas”. Precisamente aquellos fueron los años en que comenzaron a construir la iglesia del pueblo de los ancestros de Valentino, época en que también se comentaba en voz baja que el llamado “Santo Grial”, que según la tradición cristiana es la copa usada por Jesucristo durante la llamada Última Cena, había sido traído a la península, para ocultarlo en esas tierras.

     Un poco más tarde, en la Edad Media, una rama de los antepasados de Valentino comenzó a fabricar herraduras y clavos, y a herrar caballos de pueblo en pueblo. Luego, la siguiente generación montó una gran herrería que los hizo amasar cierta fortuna. Pero fue sólo a fines del siglo dieciocho, cuando un pariente lejano de Valentino, propietario de una gran extensión de terreno, construyó en la pequeña villa la mejor casa de todas las que había en esas desoladas tierras.

     Por la mañana del Día de Nochebuena, los pequeños de la familia fueron los primeros en levantarse. Cuando se asomaron por los ventanales comenzaron a chillar, porque contemplaron con alegría que un fuerte temporal de nieve y viento hacía danzar densas cortinas de nieve. Vieron que todo, completamente todo, las montañas, el pequeño valle, los árboles, las calles y las viviendas del pueblo estaba cubierto de nieve. De este modo, como solía suceder cada año, definitivamente ya nadie podía llegar ni abandonar el lugar.

     Media hora después, mientras la numerosa familia tomaba un reconfortante desayuno de montaña, en una larga mesa donde había café, leche, casadiellas, pan hecho en casa, mermeladas caseras, mantequilla y quesos del pueblo, Valentino le comentó a su madre que, probablemente, dos amigos suyos vendrían a compartir con ellos la cena de Nochebuena.
- Me encanta que vengan amigos tuyos, hijo, si vienen, como siempre, serán bienvenidos, pero dudo que puedan llegar; el pueblo está incomunicado.
- No te preocupes, madre – le contestó Valentino – Los conozco; sé que llegarán.
- ¿Los conocemos nosotros? – le preguntó su madre.
- No los conocéis, soy amigo de ellos sólo desde comienzos de este año.
- ¿Son hombres o mujeres? – Interrogó su hermano mayor.
- Una chica y un chico.
- ¿Son matrimonio?
- No, trabajan juntos. Ella es su jefe.
- ¿En que trabajan?
- No sé exactamente en qué. Sólo sé que están altamente especializados en lo que hacen, que viajan mucho y que su trabajo es muy importante.
- ¿Qué edades  tienen?
- Entre treinta y cuarenta.
- ¿Es simpática ella?
- Muy simpática y muy bella. Es la mujer más hermosa que he conocido en mi vida.
- ¡Ah!...Me parece que estás entusiasmado con ella… ¿Verdad? – exclamó otra de sus hermanas.
     Y agregó la menor:
– Hermanito, ya va siendo hora que sientes la cabeza. ¿De verdad que no es tu novia ni una “amiga especial”?
- No es mi novia, y aunque es una amiga especial, no es como otras amigas especiales que tengo; ambos son sólo amigos míos.
- Qué lástima que el bellezón del que nos hablas no pueda venir. Me hubiera encantado conocer a esa mujer que nos has dicho que es tan guapa. Con el pueblo aislado, no creo que puedan llegar; es imposible – Volvió a insistir uno de los hermanos de Valentino. Y agregó - Aunque deje de nevar estaremos así por lo menos tres días, como sucedió hace dos años… ¿Recuerdas?
    
     Valentino hizo una pequeña mueca que escondía una media sonrisa y murmuró “Ya veremos, ya veremos”.

     Inmediatamente después del desayuno, mientras los críos, debidamente abrigados, hacían un gran muñeco de nieve frente a la casa, los mayores se dedicaron a trabajar en equipo en la preparación de las viandas, la decoración y en todos los detalles para la cena.

     Cuando terminaron, Valentino se calzó zapatos de alta montaña, un chubasquero verde engrasado, un sombrero del mismo material, y salió a caminar bajo el temporal de nieve. Siempre le gustó hacerlo. Además aquí se sentía más libre que en ninguna parte. Cuando fue reportero en zonas en conflicto y fue testigo de las animaladas que eran capaces de hacer los hombres: violaciones de mujeres indefensas, niños soldados matando como autómatas, hombres destripando hombres, soldados degollando niños, cuerpos irreconocibles por las explosiones de “hombres bombas”; para soportar el dolor que lo embargaba hasta las lágrimas, pensaba en “su” pequeña aldea y recordaba las felices y pacíficas Navidades de su infancia. Sólo así, ayudado de esta arma secreta que eran sus recuerdos, aguantó dos años informando al mundo y a sus lectores que si existía un infierno, éste estaba en la tierra.

     Cuando llegó a la pequeña plaza y se enfrentó con la iglesia, decidió entrar. Recordó que cuando niño había cantado en su coro. Aunque el día era frío y gris, dentro estaba tibio y una luz dorada invadía hasta los últimos resquicios de su arquitectura interior. Se sentó frente al altar mayor y cerró los ojos. Como no es creyente, no se persigno ni rezó ninguna oración a ninguna deidad. En medio del silencio pensó en los extraños acontecimientos que le habían sucedido desde aquel día de enero en que, en el Parque del Retiro de Madrid, había conocido a Muchosnombres. Ese encuentro había cambiado en parte su vida, porque desde entonces, las cosas complicadas empezaron a ser más transparentes para él; ya no se encontraba con tantos laberintos sin poder resolver; y hasta se le había aguzado el sentido común. El silencio que latía en el ambiente, el claroscuro áureo que flotaba en el aire, y la música del órgano que comenzó a danzar por los pasillos que conforman una planta de cruz latina, lo ayudó a valorar lo que le había sucedido el año que estaba a punto de terminar.
- Aunque ha sido un buen año, pudo haber sido ser mejor – exclamó bajito.

     Entonces, de todas partes y de ninguna, como un trueno, una voz que él ya conocía, exclamó:
- ¿Te das cuenta que sólo piensas en ti y que no te conformas con nada? ¿Y qué has hecho tú para que el mundo fuera mejor para todos?

      A continuación sonó una risa cristalina que, igual como vino, se fue.

     “Es verdad ¿Qué he hecho yo para que mi vida y este mundo fueran un poco mejor?”, pensó Valentino. A pesar de la reprimenda de Muchosnombres, en paz consigo, se levantó de la banca, se puso en pie y comenzó a hacer el camino de regreso hacia su hogar.   


(Adeste Fidelis)



domingo, 18 de diciembre de 2011

Besos más dulces que el vino

Capítulo 28

     Después de terminar de hablar por teléfono con Michelle,
Valentino se sentó a trabajar un par de horas en una novela, sin nombre aún, que trata de un hombre que vivió tres exilios en su vida: el del jardín de su niñez, el de su Patria, y el de su amor.

     Luego de completar tres o cuatro carillas que lo dejaron relativamente satisfecho se levantó de su silla de trabajo, se arrellanó en un sillón, encendió su aparato de música, bajó la intensidad de la luz de la lámpara de pie casi al mínimo, cerró los ojos y se dispuso a oír canciones francesas. A los pocos minutos percibió que la estancia se iluminaba y se llenaba de un calor benefactor. Abrió los ojos y se le apareció Muchosnombres, tan hermosa como siempre, tatareando un trozo de la misma canción de Brel que él estaba escuchando: “Ne me quitte pas… Il faut oublier… Tout peu s’oublier…Qui s’enfuit déjà…Oublier le temps des malentendus…”. A continuación Muchosnombres repitió los mismos versos en castellano: “…No me dejes…Hay que olvidar…Todo se puede olvidar…Lo que ya se fue…Olvidar el tiempo de los malos entendidos…”

     Tras canturrear estos versos le lanzó una flecha envenenada:
- Bella canción… ¿Verdad?
- No me digas que a ti, que eres “todotodo siempresiempre”, también te gusta esta canción.
- También me gusta. Es como un grito desgarrado lleno de dolor pero es muy hermosa. Desprende poesía desde la primera hasta la última palabra. Es emoción en esta puro, por eso es gusto de personas sensibles y cultivadas.
- Creí que tú no tenías sensibilidad Muchosnombres; que estabas por encima de estas circunstancias de nosotros los humanos.
- ¿Cómo?
- Quiero decir que pensaba que no tenías sentimientos.
- Pues estás equivocado; también los tengo – y cambiando hábilmente de tema le espetó a Valentino – A propósito de emociones… ¡Qué manera de emocionarse la mexicanita contigo! Un poco más y te lleva al huerto. Y ahora te hace una llamadita telefónica con musiquita y todo. Y tú tratándola de “pequeñaja”.
     Valentino no dijo nada; prefirió contestar con una sonora carcajada.
- Veo que es una risa de evasión, amigo mío. También te gustó a ti ¿Verdad?
- ¡Mmmmmm! Es maja, inteligente y tiene sentido del humor.

     En medio de la lacónica respuesta de Valentino. Justo entre “inteligente y tiene sentido del humor”, de la nada, apareció en escena el señor Destino quien, sin que nadie se lo preguntara, expresó:
- Yo también encuentro maja e inteligente a la mexicanita. Y muy hermosa. No como esas bellezas forzadas que parecen fotos “photoshopeadas”, con rostros planos e inexpresivos, como si les hubieran pasado un rodillo por encima de su cara. Michelle, en cambio, tiene una belleza original, un rostro sonriente, lleno de aristas y detalles que la hacen inolvidable. 
- Tampoco creía que tú pudieras apreciar bellezas especiales.
- Pues ahora lo sabes, querido “pequeñajo”.
- No entiendo a qué viene tanta alharaca. Sabéis bien que no es la primera mujer con la que paso unas horas divertidas. Es una más.
- ¿Una más? Pues es posible que esa chica de la que tú dices que es tan maja, inteligente y con sentido del humor…y que es una más, por lo menos durante un tiempo, sea importante en tu vida Valentino.
- Oye… ¡Para para! ¿En qué lío me estás metiendo, señor Destino? ¿Por qué quieres hacerme esta putada? Si a Michelle apenas la conozco.
- Todavía – le endilgó a la cara – Y acercando su rostro al de Valentino le volvió a repetir con sorna - ¡Todavía!
- De verdad señor Destino, no siento nada especial por ella.
- ¿Exactamente qué me quieres decir?
- Quiero decirte que no me hace tiritar el alma. La he visto sólo dos veces en mi vida. La primera vez en las excavaciones de Atapuerca y la segunda hace poco más de una semana, cuando yo por casualidad pasaba por allí el día que le robaron el bolso en la Gran Vía.
- ¡Inocente…más que inocente! ¿Y tú crees que ese volverse a ver fue casual? Te confirmo que la coincidencia en el espacio y en el tiempo en la Gran Vía fue cosa mía, pero lo que siguió después fue cosa tuya. Y naturalmente de ella. Porque después de acompañarla a la policía la invitaste a degustar tapas al Mercado de San Miguel, y luego a caminar por un laberinto de calles de Madrid hasta… ¡Oh milagro!... aterrizar en tu departamento. ¡Vaya, que si te llega a gustar, te casas con ella el mismo día!
- Eres un exagerado, señor Destino. De verdad, apenas la conozco.
- ¡Apenas la conozco…apenas la conozco! – Repitió el señor Destino imitando la voz de Valentino. Y remató el discurso con una frase lapidaria- ¿Y entonces por qué ponías los ojos blancos cuando cantaste canciones de amor con ella?
- Por buena educación; por normas propias de un hombre bien nacido, como yo.
- ¿Y qué me dices de esos frotamientos de labios en la terraza? ¿Eran propiamente lo que se acostumbra a llamar besos o quizás a Michelle le faltó el aire, y tú, como un hidalgo español solícito, le hiciste el “boca boca”?
- Hombre, señor Destino, apenas fue un intercambio de besitos inocentes que, después de todo, no le hacen mal a nadie.
- ¿Besitos inocentes has dicho?
- ¡Vale! Fueron, como dice una canción de Jimmie Rodgers: kisses sweeter tan wine.
- ¡Lo que me faltaba por oír! ¡Besos más dulces que el vino!
¿No te fijaste cómo a ella le tiritaban sus piernas mientras bebía de tu vino, y cómo a ti se te subieron las pulsaciones a más de 130? ¡Claro! ¿Cómo te ibas a dar cuenta si en tu arrebato de pasión perdiste hasta la noción de la realidad?
- ¡Qué hocicón eres señor Destino!
- Lo que no quiero es que mires en menos a Michelle porque fui yo quien te la puso en tu camino. No olvides nunca que la vida da muchas vueltas, Valentino. Y yo conozco bien todos esos recovecos. Tú ni siquiera sabes lo que será de tu vida dentro de un mes o de un año. Ni siquiera sabes cuándo dejarás de existir.
- Te doy la razón, pero lo que sea de mi vida, al menos en parte, dependerá de mí. Por supuesto no me refiero a morir. Eso llega y no hay nada que hacer. Además creo que Michelle aún está enamorada de ese señor que conoció en el avión.
- ¡Uyuyuy pichoncito! Sabes muy bien, porque ya te ha sucedido, que el amor igual como llega se va. Vosotros los humanos tenéis una frase magistral que dice “Del amor al odio hay un solo paso”. Y ella acaba, aunque aún lentamente, de entrar en puntillas a la fase de odio que desembocará en un sentimiento totalmente neutro.
- “Del amor al odio” es sólo una frase hecha, señor Destino. En la vida cotidiana los sentimientos no suelen variar como una veleta en un día de temporal.
- Tú hablas por ti y por algunos cercanos a ti, pero yo que trato con tout le monde desde que el mundo es mundo, te aseguro que esa frase, en un alto porcentaje, es un reflejo de la realidad. La historia está llena de casos en los que el odio ha llegado a ser más fuerte que el amor.
- Como por ejemplo la historia de Sinhué y Nefernefernefer.
- No exactamente, porque en esa ligazón sólo hubo amor por parte de Sinhué el Egipcio. Recuerda que Nefernefernefer, arquetipo de mujer perversa e interesada, fingió amarlo hasta que dejó de serle útil. Si has leído la historia, recuerda que al final, al pobre Sinhué lo dejó más flaco que a un perro de alcantarilla.
- ¿Podría servir el ejemplo de Otelo y Desdémona?
- Tampoco, en ese caso no hubo odio, sino demasiado amor por parte de Otelo. Tanto, que los celos productos de ese mismo amor, hicieron que Otelo creyera las mentiras de Yago y terminara estrangulando a Desdémona. Para eso hay otra frase que dice “Hay celos que matan”. Sabes que cuando Otelo comprobó que su amada era inocente, se suicidó. Los celos, en el amor, son como una rama de espino envuelta en papel celofán.
- Querido señor Destino, te estás poniendo muy teatrero. Todo lo que explicas ocurre sólo en historias inventadas que los hombres transforman en poemas, novelas, obras de teatro, ballets, óperas y hasta películas.
- Estás equivocado. En la vida real también ocurre. ¿Sabes cuántos amores, cada día, por alguna razón, a veces sólo por una serpiente que se cruza en sus caminos, tras amarse, llegan a odiarse? Sois tan bárbaros que un poeta americano del siglo diecinueve se atrevió a escribir la siguiente frase: “Después del amor, lo más dulce es el odio”. ¿Te das cuenta?
- Esto demuestra que hay personas que al odio le encuentran un saborcillo dulce. Aunque sería más propio decir agridulce.
- Lo mismo pienso yo.

     Finalmente Valentino prefirió cortar el tema. Se quedó impasible, rumiando en silencio los comentarios del señor Destino acerca del amor y de los celos. Reconoció que, en parte, tenía razón. Fue entonces cuando Muchosnombres, que había asistido complacido al diálogo, le preguntó a Valentino dónde pasaría la Nochebuena y el día de Navidad.
- En una aldea emplazada en la Cordillera Cantábrica, donde mis padres tienen una casona del siglo diecisiete.
- ¡Fiuuu!... ¡Cuánto les habrá costado!
- No la han comprado. Es heredada de nuestros antepasados por la línea del linaje de mi madre.
- ¿lo pasaréis ellos y tú solos?
- ¡Qué va! Es una tradición que nos juntemos muchos miembros del “clan”: mis padres, mis hermanas y hermanos, mis sobrinas y sobrinos, mis abuelos maternos, y otros parientes que se apuntan o, simplemente, llegan. No es necesario ser invitado. Pero creo que este año sí que habrá unos invitados realmente excepcionales.
- ¿Quiénes?
- Quiero que tú y el señor Destino también vengáis. Nuestra casa es muy grande, muy tibia, y nos sobra el cariño. Podríais compartir con nosotros unos días maravillosos. Estaremos perdidos en medio de la nieve.

     Muchosnombres meditó un par de segundos la invitación y terminó diciendo:
- Nos va a encantar estar contigo y tu familia, pero nadie debe saber quiénes somos.
- ¡Qué bien! Lo prometo.
- ¿Qué deberemos aportar?
- Apetito, sed y ganas de pasarlo bien.
- Vale, pero debes aceptar que en Nochebuena te dé un pequeño regalo que nadie más que yo te puede dar.
- ¿Qué es?
- Es algo que a todos los hombres y mujeres de este planeta les gustaría recibir.
- ¿Qué puede ser? Viniendo de ti seguro que será especial ¿Me podrías adelantar algo?
- ¡No!
- ¿Me explicarás el secreto de la vida y de la muerte?
- ¡No!
- ¿Me permitirás entender el infinito?
- ¡No!
- ¿Llegaré a conocer el significado del concepto tiempo?
- ¡No!
- ¿Me explicarás qué es la eternidad?
- Frío frío.
- Muchosnombres ¡Anda! Dame una pista por lo menos.
- Valentino, no preguntes más ni intentes jugar a las adivinanzas conmigo porque no te diré qué es. No hagas que me arrepienta; recuerda que la curiosidad mató al ratón.


miércoles, 30 de noviembre de 2011

Las personas especiales son especiales hasta que dejan de serlo

Capítulo 27

Interior de la galería Alcion de Madrid

     Durante una hora y media de la mañana del jueves Valentino se dedicó a caminar y a hacer fotos por Madrid. Luego se dirigió a una sala de exposiciones a buscar un cuadro que dos meses antes había encargado a Óscar, propietario de la galería Alcion, emplazada en la esquina de Orellana con Argensola.

     Alcion es una galería singular, especializada en hacer copias fieles de cuadros de pintores importantes, realizadas por copistas excepcionales, seleccionados por Óscar entre los mejores de España. Uno de los amigos de Valentino, José María, le había dado el dato. Le comentó que era el único lugar fiable de España donde se pueden comprar réplicas legales de gran calidad de cuadros de grandes maestros. También le explicó que todas las obras, por seguridad, llevaban adheridas al dorso un sello explícito que certificaba que era una copia autorizada.
- Todo es legal – le había dicho – Además te vas a sorprender de la calidad artística.

     El cuadro sería el regalo de bodas para Gaby, una de sus amigas de infancia, quien se casaba por segunda vez. Aunque a ella la conocía desde siempre, a Mario, su futuro marido, se lo habían presentado sólo meses antes, en una de las animadas tertulias de Violante, una de las llamadas “amigas especiales” de Valentino. Fue en ese encuentro social que Valentino se enteró que a Mario le gustaban los pintores franceses del siglo dieciocho. Incluso recordaba que en aquella oportunidad Mario había contado, entre otras muchas cosas, que recientemente había estado visitando el Museo del Louvre y que había descubierto un cuadro del que se había enamorado porque, cuando lo vio, le recordó a Gaby desnuda sobre la cama. Por los detalles que dio, Valentino dedujo que se trataba del cuadro titulado “Odalisca” del pintor Francois Boucher, nacido en 1703 en Francia. En su época Boucher fue muy famoso por sus pinturas de desnudos y también por haber pintado varios retratos de Madame de Pompadour, la amante más conocida del rey Luis XV. 

     Camino a la galería pasó a desayunar en el restaurante “Carril Hondón” de la calle Barquillo. Como siempre que recalaba allí, lo atendió Luz, una guapa camarera colombiana, que apenas lo veía entrar le preparaba un café con leche muy caliente que se lo servía acompañado de una napolitana de crema. Valentino degustó con deleite sus viandas y luego de leer el periódico “Público” de cabo a raro, dirigió sus pasos hacia la calle Argensola.

        Cuando Valentino entró a la galería se quedó pasmado, porque allí, frente a él, había réplicas sobresalientes de cuadros de importantes pintores que son el sueño de muchos coleccionistas: Matisse, Toulouse-Lautrec, Renoir, Chagall, Frida Khalo, Cezanne, Degas, Manet, Monet, Morisot, Sorolla, Pisarro, Modigliani, Watteau, Gainsborough, Vermeer, Rembrandt, Durero, entre otros.

     Mientras Valentino miraba con apetito cada obra de arte, Óscar, el propietario de la galería, atendía a una pareja de famosillos que Valentino reconoció de inmediato, porque durante los últimos meses solían aparecer a menudo en las llamadas “revistas del corazón”. Estaban acompañados por un insigne arquitecto que estaba muy de moda, y cuyo oficio era diseñar y construir casas para famosos. El joven de la pareja era un popular futbolista, con pendientes de diamantes en los lóbulos de las orejas y tatuajes de dudoso gusto hasta por las rendijas de los sobacos, en medio de los cuales, según él mismo suele confesar a quien quiera oírlo, acostumbra a intercalar los nombres de sus conquistas amorosas. Ella era una ex miss, ahora dedicada a modelo. Aunque en un reportaje en que salió en bolas en la revista “Interviú”, ella afirmaba: “También soy diseñadora de joyas”.

     Para Valentino era una situación divertida. Casi como un sketch de película italiana de los años sesenta.  Aunque al principio no relacionó al arquitecto con la pareja de populares, finalmente recordó que había leído en la revista “Elle” que ellos eran clientes suyos, quienes le habían comprado una casa de ocho millones de euros. Dedujo que él estaba allí en calidad de asesor artístico, pues oyó que el deportista le confesaba en voz baja que para ellos era un problema “rellenar” las paredes de su mansión. Mientras, Óscar, el culto propietario de la galería intentaba hacerles sugerencias, ella, con voz chillona y destemplada, decía: “Señor, por favor déjeme elegir a mí que yo sé lo que quiero, por algo también soy diseñadora”. Finalmente intervino el futbolista de moda preguntándole al también arquitecto de moda:
- Joaquín ¿Cuántas decenas de metros tiene la pared del fondo del salón de la casa que nos has construido?
- Veinte – le contestó él empinándose para parecer más alto de lo que era.
- Entonces ¿Sabe qué? – interrumpió ella dirigiéndose en forma altiva al propietario de la galería – Queremos por lo menos diez metros de cuadros de este señor que dice aquí que se llama Chagall; creo que podrían hacer juego con la piel de nuestros muebles.

     Apenas el trío de famosos se fue, Valentino pudo conversar con Óscar quien le mostró el resultado de su encargo.
- ¡Increíble! – Exclamó Valentino.

     En verdad el artista copista había hecho un trabajo notable. La gama cromática, la luz, la calidez del ambiente, las pinceladas, los claroscuros, la sensualidad de la muchacha, los pliegues de las telas, todo era igual que el original. Valentino pagó y se marchó feliz con su odalisca.

     Nada más entrar Valentino a su casa sonó el teléfono. Se sentó en su sillón de su salita de música y puso sus pies sobre su escritorio. Era Michelle.
- Hola Valentino, soy Michelle, la mexicana. Te llamo desde Santiago de Chile.
- Hola pequeña, ¿Cómo estás?
- Bien, muy bien. Aquí ha llegado la primavera y el aire está tibio.  
- ¡Qué bien! Te noto contenta.
- Me siento feliz. ¿Sabes, querido Valentino? He llegado a la conclusión que las personas especiales son especiales hasta que dejan de serlo.
- ¿Por qué me lo dices?
- Porque ayer he desatado todos los nudos que aún me ataban a la persona de la que te hablé.
- ¿Por qué has tomado esa decisión tan drástica?
- Porque no quiero ser prisionera de nadie, menos de mis recuerdos. No quiero que mis propias emociones me estén permanentemente manoseando el alma, ni que me impidan ser feliz.
- Entonces creo que has hecho bien, pequeñaja.
- Valentino.
- Sí.
- Quiero verte.
- Ya nos veremos cuando vengas.
- Cuando me toque hacer un vuelo a Madrid te avisaré. ¿Recuerdas que me prometiste que me que podría quedar una noche en tu casa?
- Por supuesto que lo recuerdo.
- ¿Sabes?... Le hablé a mi abuela española de ti.
- ¿Sí?
- Sí, le conté las circunstancias en que te había conocido, y se alegró que hayas sido tan galante. Cuando le platiqué que habíamos terminado el día cantando “La Adelita” en La Castellana, lloró. “Sólo en mi España del alma suceden esas cosas”, me dijo emocionada.
- Dile que cuando ella se anime a venir a su tierra la cantaremos los tres.
- Se lo diré. Te mando un beso. Ya te llamaré otro día. Más tarde te enviaré un correo electrónico. Por favor, antes de cortar quiero que cierres los ojos y escuches una canción. Me gusta mucho. El otro día, escarbando en Youtube, la descubrí. Se llama “Ne me quite pas”. Es de un cantante francés que se llamaba Jacques Brel. ¿La conoces?
- Sí. Y me gusta mucho.

     De inmediato empezó a oír por teléfono la desgarradora “Ne me quite pas” que, sin imaginárselo Michelle, tenía la virtud de hacerlo estremecer cuando Valentino la escuchaba. Cada vez que oía ese verso que dice: “…yo te contaré la historia de un rey que murió por no haber podido encontrarte” pensaba que, probablemente, Brel se refería a la búsqueda del amor. Creía que esos versos contenían alguna clave que el cantautor introdujo en esa canción que lanzó al mercado en 1959. Lo creía, porque cuando él escribía, también solía incrustar significados incomprensibles para la mayoría, claves que sólo podían descodificar unas pocas amigas con las que, según Valentino, mantiene un juego de emociones. También se preguntaba “¿Durante cuánto tiempo y por cuántos mundos habrá viajado ese rey en busca de esa persona misteriosa que, quizás, sólo existía en su imaginación? O incluso peor, talvez cuando el ilusionado rey la encontró se percató que ya no era especial”.

     Cuando la canción terminó, y antes de despedirse de Michelle, Valentino le comentó:
- Tienes razón pequeñaja, las personas son especiales hasta que dejan de serlo.