domingo, 18 de marzo de 2012


Valentino en el infierno sirio 
Fotografía hecha por Aquiles Torres
de un dibujo a carbón realizado por Alejandro Torres

     El mes que estuvo Valentino trabajando como reportero en Siria fue muy duro para él. La mayor parte del tiempo permaneció en Homs, a 140 kilómetros de Damasco, donde se libraban las más cruentas batallas entre el ejército de Asad y el pueblo organizado en resistencia. Homs es la tercera ciudad Siria y tiene una población de un millón de habitantes. Durante esas semanas trabajó en condiciones precarias, en permanente peligro e, incluso, mientras estaba cubriendo los enfrentamientos en el barrio de Bab Amro, que tiene una población de unas 40.000 personas, la mayoría musulmanes sunitas, estuvo en dos ocasiones a punto de perder su vida.

     Valentino estaba en Homs el día en que murieron Marie  Colvin, reportera norteamericana que trabajaba para el Sunday Time; Remy Ochlick, fotógrafo francés de la revista Paris Match; y el sirio Rami al Sayeed, uno de los mártires de la resistencia que, jugándose la vida, salía a la calle a grabar vídeos para evidenciar al mundo lo que el dictador Asad estaba haciendo con su pueblo. Valentino tuvo más suerte. Mientras fotografiaba los combates en una calle de una barriada de la ciudad, a pocos metros de él cayó una sorpresiva lluvia de proyectiles de mortero. No alcanzó a guarecerse y fue herido, pero no pereció. Le destrozaron sus cámaras y su computador, y él recibió esquirlas de metralla en sus brazos y en su cabeza. Cayó bruscamente al suelo, se dio un fuerte golpe en su frente y quedó tirado medio muerto durante un par de horas en plena calle. Cuando la soldadesca y los “shabiha”, matones del régimen de Bashar al Asad, invadieron la calle donde él yacía moribundo para rematar a los heridos, lo dieron por muerto. Afortunadamente para él, no se dieron la molestia de pegarle un tiro en la cabeza o degollarlo, como hicieron con otros heridos que se movían y quejaban. Estuvo muy cerca de engrosar la lista de periodistas muertos en “combate por la libertad de prensa”, pero salvó su vida. Cuando anocheció, los miembros de una humilde familia siria que se asomó a la calle lo vieron que yacía cerca de la puerta de su casa, se aproximaron a él y comprobaron que, aunque embadurnado de sangre seca, respiraba. Jugándose sus propias vidas lo arrastraron hasta el interior de su  vivienda, lo tendieron en uno de los jergones de sus hijos y le lavaron las heridas. Volvieron a comprobar que seguía respirando y lo dejaron descansar. Al poco rato empezó a delirar. Cada dos horas le ponían un paño mojado en su frente y le humedecían los labios con agua fresca.

     En su delirio Valentino veía a Venus, la chica valenciana a la que tanto había amado, la que tenía constelaciones de lunares en sus pechos, la misma que durante varios años de su vida le estrujó el corazón. La veía bajando cogida de su brazo al comedor del hotel Reina Victoria de Valencia, esplendorosa como una princesa de cuentos orientales, con el cabello que parecía una enredadera de jazmines, todavía húmedo por la ducha reciente. En los sueños febriles de Valentino, Venus vestía un traje blanco, esplendoroso, con un cinturón color índigo ciñéndole la cintura y zapatos del mismo tono. Soñaba que le decía “Tu cabello huele a un perfume que me excita”. Y ella, riendo a carcajadas, tomaba su pelo entre las manos y lo hacía danzar en forma provocativa en medio del comedor lleno de huéspedes que a esa hora desayunaban. Y todas las mesas, cubiertas de manteles blancos e impecablemente adornadas, se llenaban de jazmines que caían en cascadas de la cabellera de la bella muchacha.

     La mañana del tercer día Valentino abrió los ojos y recobró la conciencia, pero no se acordaba de nada de lo que le había sucedido. Quiso incorporarse y no pudo; estaba demasiado débil y le dolía todo el cuerpo. Todo le daba vueltas como si estuviera en medio de un remolino de fuego. Al darse cuenta que Valentino había vuelto en sí, de inmediato el matrimonio y sus tres hijos corrieron a ayudarlo. Al principio reaccionó con desconfianza ante aquellas personas que no conocía, pero lo tranquilizaron explicándole que formaban parte de la resistencia y que lo habían encontrado casi muerto en medio de la calle. Entendió que de no haber sido así ahora estaría diluyéndose en el universo. Cuando pudo balbucear algunas palabras se atrevió a preguntarles a sus ángeles guardianes qué le había sucedido y dónde estaba. Pero como ellos no hablaban ni castellano ni inglés, sólo árabe y lengua azerí, se lo explicaron por señas y le trajeron un pequeño espejo para que pudiera ver su rostro. Sólo entonces Valentino comprendió que había vuelto del lado oscuro del lago y se tranquilizó. Preguntó por sus cosas, por su equipo de trabajo, por su hotel. Le explicaron que, probablemente, casi todas sus pertenencias se las habían llevado los soldados de Bashar Al- Assad, porque tenían derecho a pillaje. Y que el hotel de los periodistas ahora estaba en ruinas, igual como casi toda la ciudad. Agregaron que bajo su cuerpo encontraron un pequeño bolso que los soldados no se lo llevaron porque no lo habían visto. Se lo trajeron y comprobó que en su interior estaba todo intacto: su pasaporte español; una agenda; un pasaje aéreo Beirut-París; su estilográfica; seis mil euros; sus tarjetas de crédito; pastillas para potabilizar agua; antibióticos que solía llevar por si sufría alguna infección; y las tres cartas de naipe que le había regalado el señor Destino para que las utilizara en caso que quisiera doblarle la mano a su sino: una azul, otra roja y la tercera amarilla, brillando e iluminando de color óxido la habitación.

     Aunque nunca lo habían visto antes, sus salvadores lo cuidaron como si hubiera sido un ser querido, y valiéndose  de comunicación no verbal le explicaron que habían oído que varios periodistas habían muerto en medio del fuego. Le recomendaron que mientras las puertas del infierno estuvieran abiertas de par en par, mejor permaneciera escondido allí, porque su casa era demasiado modesta para que los esbirros de Asad se dignaran entrar a ella.

     Poco a poco Valentino comenzó a recordar el momento en que cayó abatido. La última secuencia que se le vino a la memoria fue que estaba en medio de la calle mientras comenzaban a caer proyectiles y la gente corría desesperada, cruzándose de lado a lado como los hilos de una tela de araña. Recordó que sintió varios impactos sobre su cuerpo que le causaron un dolor insoportable, y que luego se desplomó hasta azotar su cabeza contra el asfalto. A pesar del fuerte golpe, todavía permaneció consciente un par de minutos en los que alcanzó a ver, como en una película en cámara lenta, cómo caían heridos de muerte mujeres, hombres y hasta niños. Intentó incorporarse pero el dolor se lo impidió. Luego, se le llenó el cerebro con las imágenes de la última navidad, especialmente la dulce llamada telefónica que había recibido de Michelle, la azafata mexicana. Al fin todo comenzó a oscurecerse y se preparó a morir. No sintió miedo, sólo quería que cesara el dolor que lo envolvía. Nunca como entonces entendió que morir era algo natural. Sabía que su cuerpo se desintegraría y que todos sus átomos, como se lo había asegurado Muchosnombres, pasarían a formar parte de otra cosa diferente a lo que ahora era él.

     Sin embargo había sobrevivido. Tras una semana de convalecencia, cuando recobró parte de sus fuerzas y fue capaz de ponerse en pie, la tormenta de fuego comenzó a amainar. Aunque sus salvadores le sugirieron que se quedara un tiempo más, al día siguiente decidió intentar salir de la ciudad. Cogió su escaso equipaje, anotó las señas de la familia que le había salvado la vida y protegido y, aunque ellos se negaban, les obligó a recibir la mitad del dinero que llevaba en su cartera. Los abrazó a todos y prometió volver algún día. Luego, el jefe de la familia lo guio por un laberinto de callejuelas llenas de escombros y de cuerpos descompuestos, hasta dejarlo junto a una carretera que estaba desierta, indicándole la dirección que llevaba hacia el Líbano. Caminó por ella avanzando lentamente, siempre hacia Beirut. Cuando sentía ruido se escondía y cuando regresaba el silencio continuaba. Durante su éxodo se encontró con tres colegas periodistas que, también heridos, hacían la misma ruta que él. Finalmente los cuatro pudieron escapar de la ratonera donde se habían metido, gracias a que en el segundo amanecer se encontraron con un convoy formado por siete camiones del Comité Internacional de la Cruz Roja y de la Media Luna Roja Siria, cuyos voluntarios, tras muchas dificultades, lograron atravesar con ellos la frontera. Ya en el Líbano, se dirigieron directamente al aeropuerto internacional Rafic Hariri de Beirut. Fue allí donde Valentino y sus compañeros de huida se enteraron de los nombres de su camaradas caídos y ,que a ellos, los daban por desaparecidos. Apenas pudo, desde el mismo aeropuerto, Valentino envió mensajes a sus familiares y a Nieves, la secretaria del Club Internacional de Prensa para informales que estaba vivo. Antes de subir al avión, también alcanzó a contestar algunos de los cientos de mensajes de ánimo que había recibido de sus lectores habituales, y varios correos electrónicos de Michelle, llenos de cariño y ternura.

     Cuando el avión por fin despegó, ya instalado en su asiento, Valentino cerró los ojos y sonrió, porque lo que no se imaginaban las fuerzas de seguridad sirias es que en su pequeño bolso negro que se había salvado de la rapiña, guardaba también una memoria USB con más de mil fotografías que le habían entregado miembros de la resistencia que demostraban las masacres indiscriminadas y las terribles torturas que los esbirros del régimen infringían a todo aquél que no estuviera de acuerdo con Asad: golpizas, colgamientos, descargas eléctricas, violaciones de mujeres, y degollamientos. Valentino sabía que parte de esas imágenes, antes de 24 horas, serían publicadas por lo medios de comunicación más influyentes del planeta, lo que provocaría que en el mundo se recrudecieran las acciones de repulsa contra el tirano.
 
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