jueves, 9 de agosto de 2012


Hasta los gatos, que dicen 
que tienen siete vidas, mueren.

 Capítulo 36
 Fotografía realizada por Aquiles Torres


-       ¿Un viaje adónde? – Preguntó Valentino.
-       ¡Ah!....Sorpresa sorpresa. Digamos que será como nuestro regalo de cumpleaños.
-       ¡Gracias por acordaros!
-       ¿Tienes un lugar especial donde te gustaría ir?
-       Me da igual; de ti puedo esperarme cualquier cosa, pero me fío – Comentó Valentino dirigiéndose a la bella Muchosnombres. Y agregó – Ya viajamos en el tiempo cuando estuvimos en Atapuerca, y salí indemne.
-       Y también hicimos un pequeño paseíto por el espacio cuando fuimos en busca de las puestas de sol ¿Recuerdas?
-       ¡Cómo olvidarlo! Salimos desde Valencia, durante las Fallas del año pasado.
-       Todavía recuerdo la cara que pusiste cuando comenzamos a entrar en la estratósfera – Se mofó el señor Destino.
-       Mi reacción fue la de cualquier ser humano en esas circunstancias totalmente inusuales para nosotros; nadie de mi especie hasta entonces había salido a la estratósfera a cuerpo gentil.
-       Este viajecito también será insólito para ti. Incluso quizás te sorprenda más, porque no es un lugar – Dijo el señor Destino.
-       ¿No es un lugar? No entiendo ¿Se puede ir a un lugar que no es un lugar?
-       Si yo te invito sí puedes ir a un lugar que no existe. ¿Quieres que invitemos a  Michelle? – Le consultó Muchosnombres. Y agregó – Que aproveche porque tendréis la oportunidad de conocer algo por lo que varias veces me has preguntado.
-       ¿Seguro que ella no se morirá de la impresión?
-       ¡Valentino! ¿Cómo se te ocurre mencionar la palabra 
muerte cuando hablas conmigo? – Masculló sus palabras con tono malicioso.
- La menciono porque por desgracia, para mí la muerte es una realidad inevitable. A través de los tiempos para todos los humanos ha sido y sigue siendo una gran incógnita.
-       Por la misma razón ya debieras haberte acostumbrado, Valentino. Hasta los gatos, que vosotros decís que tienen siete vidas, al final mueren. Y te puedo asegurar que hasta ahora yo no he conocido ningún gato que se queje.
-       Ya me conformaría yo con tener siete vidas como un minino.
-       ¿Por qué tanto temor? Si convivís permanentemente con la muerte.
-       Incluso así, aunque convivamos con ella, es difícil acostumbrarnos a su presencia. Probablemente por lo desconocida que es esta dama para nosotros. Quizás si me explicaras qué es morir lo vería de otro modo.
-       Oye…oye…¿Me estás leyendo el pensamiento?
-       No puedo leer tu pensamiento si tú no quieres. ¿Por qué no eres generosa e intentas explicarme lo que te he preguntado?
-       ¡La muerte y dale con la muerte! Valentino, la muerte es sólo un cambio brusco.
-       ¿Un cambio brusco de qué? No me basta tu escueta respuesta; quiero saber algo más. Siempre esquivas mis preguntas contundentes. ¿Qué sucede después de esa incógnita? ¿Qué se ve? ¿Qué se siente?
-       Creo que ya te lo expliqué en otra ocasión en que me preguntaste por lo mismo. Es una desorganización total de todas las células de la unidad que ahora eres tú, es repartirse por el universo y pasar a formar parte de muchas otras “organizaciones celulares”, es disolverse en la totalidad de lo existente, es volver a ser de una manera distinta, es encadenarse a toda la realidad de una manera diferente, es dejar de tener recuerdos y conciencia de lo que se es hasta ese momento, porque quien atraviese la frontera ya no será más lo que era. Recuerda Valentino que ser y existir es, esencialmente, tener conciencia que se es y, también tener recuerdos de lo que se ha sido. 

-       Yo no le temo a la muerte – Intervino Michelle. Y agregó – En México convivimos con ella. Desde pequeños la vemos como algo natural. Incluso en nuestro folclore existe una figura que llamamos “santa Muerte”. La representamos como un esqueleto que, se supone, es femenino. Solemos adorarla poniéndole flores e, incluso, comida y objetos de nuestra rica artesanía.
-       Y tengo entendido que a cambio le hacéis peticiones – Replicó Valentino.
-       Así es; a cambio le pedimos de todo: que nos vaya bien en el amor, y que tengamos suerte y fortuna. Incluso hay algunos que sólo le piden tener poder y más poder. ¡Ah!...también a veces le pedimos que joda a nuestros enemigos. O a aquellas personas que creemos que nos han hecho mal. Incluso a antiguos amores que nos hayan engañado o dejado de querer. 
    - Recuerdo que en una ocasión, hace varios años, una revista me encargó un reportaje sobre el concepto de la muerte en México – Comentó Valentino. 
-    Entonces estás informado de la importancia que el tema tiene para nosotros. Nosotros creemos que, cada año, nuestros difuntos regresan para pasar un día con nosotros. Para revivir todos los momentos felices que compartieron con los vivos que seguimos viviendo en la tierra.
-       Sí, recuerdo que lo que más me sorprendió es la minuciosidad en la confección de altares.
-       ¡Ah nuestros altares! En los altares depositamos ofrendas magníficas y ponemos las fotos de nuestros difuntos.
-       También me llamaron mucho la atención unos panes con apariencia de esqueletos y, sobre todo, dulces con formas de calaveras y ataúdes que, por cierto, son muy sabrosos. 
-    Chicos – Dijo Muchosnombres, mientras el señor Destino fruncía la boca para intentar que no notaran que quería soltar una carcajada - ¿Nos podemos ir ya de viaje?
-       Si es por mí, todo bien, mi comandante – Contestó la mexicana.
-       ¿Significa eso que tenemos la pista libre para despegar, querida Michelle?
-      Afirmativo, mi comandante…¡Pista libre!
-      ¿Qué vamos sentir? – Preguntó Valentino.
-      Creo que lo mejor es que tú mismo te contestes esa pregunta cuando regresemos del viajecito…¿Te parece?
-      ¡Vale!
-      Tres, dos, uno…
     Lo último que oyeron Valentino y Michelle fue la palabra “tres”. Y lo último que vieron fueron los ojos de  Muchosnombres clavados en los suyos. 
Después de un hora, Muchosnombres los hizo volver y les preguntó:      
- ¿Y qué tal? ¿Os ha gustado?
-       Ni sí ni no porque creo no hemos ido a ninguna parte – Reclamó Michelle.
-       ¿Cómo que a ninguna parte? Probablemente habéis hecho el viaje más importante de vuestras vidas. Habéis atravesado la frontera.
- ¿Qué frontera 
- La de la vida y de la muerte.
- ¡No puede ser! Pero si no hemos visto, ni oído ni percibido   nada. 
-  ¿Por qué no puede ser? ¿Porque no percibisteis una luz al final de un túnel? ¿O porque no había nadie al otro lado esperándolos? ¿O porque no visteis el infierno, el purgatorio y el cielo que describe Dante en su “Divina Comedia”? 
-       No es sólo eso, es que no nos hemos dado cuenta de nada. Creo que nos estás tomando el pelo – Reclamó Valentino bastante mosca. 
-      ¿Quieres que te demuestre que no?
-       ¿Cómo me lo vas a demostrar?
-       Michelle volverá a morir delante de ti.

     Al instante, Michelle, que estaba atenta, participando en la pequeña discusión, cayó como pollo al suelo, encima de un kilim turco de nudos simétricos.
-       ¿Qué le ha sucedido a Michelle? – inquirió Valentino sorprendido de ver a Michelle tendida, sin señales de vida.
-       Está muerta, Valentino, está muerta.
-       ¿Quéeeeeeeeeee? 
-        Está muerta, sin vida – Intervino el señor Destino.
-       No puede ser. Recién estaba bien – Entonces se abalanzó sobre ella, le presionó la arteria carótida y comprobó que no latía. Sólo entonces agregó - ¡Coño, es verdad!...pero si estaba bien, no puede morir.
-       Recién también tú estabas igual de muerto que ella.

           De inmediato Valentino dijo "Sí creo, sí creo" y comenzó a intentar revivirla haciéndole respiración boca a boca y compresiones rítmicas en el tórax, pero no consiguió nada.
-       Tranquilízate hombre, tranquilízate. Antes habéis estado exactamente una hora “al otro lado” y os he hecho volver. 
-   Por favor Muchosnombres, hazla volver - Rogó Valentino - Si quieres hazme morir a mí, pero no a ella. Michelle no conoce nuestro juego.


domingo, 10 de junio de 2012

Valentino y Michelle cayeron rendidos de placer

Capítulo 35

Fotografía realizada por Aquiles Torres

      La confesión de Michelle fue tan franca y directa que desconcertó a Valentino. Durante unos segundos éste se quedó en vilo, con cara de ajedrecista en actitud de espera, pensando si debía seguir adelante o no. Estaba consciente que la muchacha era una mujer especial a la que le había tomado cariño y a la que no quería joderle la vida. Pensó que si Michelle quería algo más que satisfacer una necesidad sexual con él, no debía engañarla y dejar claras las reglas del delicioso juego que estaban empezando a jugar. Decidió ser franco y confesarle que, por lo menos por ahora, no podría corresponderle con amor, porque íntimamente sabía que todavía no estaba lo suficientemente descontaminado de su anterior relación emocional profunda. Sentía que aún quedaban dentro de él vestigios de ese último naufragio sentimental que había sido doloroso. Aunque para él no era un problema acostarse con una mujer simplemente por sexo, como acostumbraba hacerlo con alguna de sus amigas con las que solía pasar algunos fines de semana, cuando detectaba que alguna deseaba algo más profundo prefería aclararlo, porque nunca le había gustado causar daños emocionales a ninguna de su amigas especiales.

     En este caso con mayor razón quería ser formal porque se daba cuenta que, al parecer, en Michelle estaban naciendo pequeños brotes de sentimientos que podían quedar sin control para la bella mexicana y él no quería que ella sufriera por su culpa. También pensaba que en el futuro quizás podría llegar a sentir lo mismo que ella, pero por ahora prefería evitar que aquello creciera antes de tiempo porque, simplemente, estaba seguro que todavía no era capaz de entregar el corazón. No porque él no quisiera, sino porque una burbuja de emociones de esa última relación de amor aún seguía palpitando en su cerebro. Incluso en alguna ocasión había llegado a pensar que, probablemente, le quedaba aún un largo período de tiempo para erradicar de sus días y de sus noches, de sus vigilias y de sus sueños, la imagen de aquella mujer que todavía, aunque cada vez más desdibujada, se le aparecía como un fantasma del pasado.    

     Aquella ligazón había durado sólo unos meses, pero cuando esa mujer irrumpió en su vida lo hizo con tanta fuerza que lo llenó de una luz  que casi lo enceguece. Entonces, incluso, llegó a imaginarse que podía ser la compañera ideal para recorrer juntos el resto de sus vidas. Pero había sido una percepción errónea. Algo había salido mal, y en poco tiempo la transparente copa de cristal se rompió en mil pedazos. Aunque él estaba seguro de no haber sido el causante principal de esa ruptura envenenada, igual había quedado tan maltrecho que prefería no detenerse a analizarlo. Creía que ya no valía la pena. Por esta misma razón ni siquiera se lo había comentado a sus mejores amigos. Para no volver a abrir la herida que aún dolía, tampoco había querido releer los cientos de mensajes electrónicos en que ambos se habían hecho mil promesas y se habían gritado sus sentimientos más profundos, ni había vuelto a mirar las decenas de fotografías donde aparecían juntos, aparentemente felices. Sin embargo, lo que no podía era arrancar de cuajo el recuerdo de aquellos besos y de aquellos abrazos a la luz de la luna junto al mar, que lo habían llevado hasta el séptimo cielo. Y cuando esto sucedía, aunque cada vez menos, la cicatriz volvía a latir. Estaba claro que, por lo menos por parte de él, había sido una relación amorosa en la que había entregado casi todo lo que podía entregar en ese momento. Pero las circunstancias y, probablemente, el señor Destino habían metido la cola, y lo que al principio él pensaba que era un amor correspondido, poco a poco se transformó en una ventolera de desencuentros, luego en un huracán de puntos de vista distintos, hasta terminar todo transformado en una ristra de promesas rotas.  

     No obstante reconocía que también había jugado en su contra el factor distancia, sabía que había sido una variable que no había tenido un peso importante. Ahora, con el paso del tiempo, se daba cuenta que quizás había idealizado más de la cuenta a aquella mujer. Poco a poco comprobaba que el tiempo le iba dando la razón. Venían a su memoria claves y actitudes equívocas que en su momento, obnubilado por sus sentimientos, no supo descodificar. Sin embargo, al ir juntando ahora las piezas del rompecabezas, descubría que ella no era quien él se imaginó que era. Además, como no se habían vuelto a ver, ni a escribir, ni a hablar por teléfono, ni le había preguntado a nadie por ella, difícilmente lo que ahora era un páramo estéril podría volver a ser un paraíso. Por todo esto Valentino sabía que era una cuestión de tiempo para que el desencanto fuera completo, y ese nombre y ese rostro finalmente se quedaran arrumbados en el baúl de los recuerdos, como ya le había sucedido un par de veces antes con otras relaciones en las que había entregado el corazón sin pedir nada a cambio.

     En una ocasión en que el señor Destino, quien había sido el causante que se unieran las dos puntas de sus caminos, le preguntó: “¿Por qué no inviertes uno de los comodines mágicos que te di y lo arreglas todo?”, Valentino le respondió: “No vale la pena; sería como disimular con maquillaje la realidad. Prefiero vivir en paz antes que volver a lidiar con personas que creen que siempre tienen la razón y que han hecho de la egolatría su altar. Sabes mejor que yo que los humanos, a nuestra edad, ya no cambiamos; sólo fingimos que lo hacemos. Esos comodines que me regalaste sí que los usaré, pero para ayudar a otras personas que los necesiten más que yo”.

     Cuando volvió de su corto viaje interior, Valentino aclaró:
- Querida Michelle, quiero que sepas que por ahora sólo te puedo dar cariño y sexo, pero no amor.

     Al oírlo ella se incorporó en la cama y mirándolo a los ojos le espetó:
- Amigo, no te preocupes, no soy tan niña como te imaginas. Te entiendo. Me pongo en tu lugar. Estoy de acuerdo en que por ahora intercambiemos solamente ternura y sexo. Es verdad que estoy comenzando a sentir algo más que cariño por ti, pero también te deseo y necesito tus mimos y tus caricias. Dejemos que el tiempo  decida como continuará esto ¿Te parece?
- Me parece – contestó Valentino un tanto turbado, y volvió a abrazarla.

     Libres de remordimientos, se entrelazaron con fuerza, como los troncos de las enredaderas viejas. A continuación comenzaron a restregarse cual serpientes de fuego. Valentino, sigilosamente, sin prisa, con un compás de movimientos melodiosos, la empezó a acariciar con la yema de sus dedos y a lamerla, como si se la fuera a tragar. Primero fueron los lóbulos de las orejas y el cuello. A continuación deslizó sus labios y su lengua hacia los pechos de la muchacha quien, a medida que sentía el calor de la boca de Valentino sobre su piel, se retorcía, gemía y se quejaba con sordina. Mientras continuaba recorriendo con sus besos el sinuoso territorio del cuerpo de Michelle, lleno de curvas, de pendientes, de praderas, y de volcanes a punto de estallar, Valentino le musitaba: “Sólo quiero que seas feliz, pequeña, sólo quiero que seas feliz”. Sin detener el ritmo de su marcha, pasó por sus caderas y por su vientre hasta llegar a la hondonada de su pubis. “Más… más, no te detengas, continúa”, le pedía Michelle con una voz ahogada por el deseo que ya se había desbocado e inundaba la atmósfera de la habitación. Al final del recorrido, cuando Valentino comenzó a penetrar en el cuerpo de la mujer, Michelle sintió que un cinturón de placer dividía su cuerpo en dos y se percató que “la petite mort” estaba cerca. Cuando comenzaron a ser un solo cuerpo, ambos, con el corazón latiéndoles de forma acelerada, se buscaron los ojos hasta quedar como en trance, penetrándose también con sus miradas hasta llegar a la cima de la euforia carnal. Después, los dos, todavía temblando, como mariposas de hielo se derritieron de placer.

     Después de hacer sexo Michelle y Valentino permanecieron desnudos encima del lecho, en ese período de tiempo en que se permanece en el limbo, todavía ingrávidos, saboreando los deliciosos estímulos que habían experimentado, cuando golpearon la puerta del dormitorio. Ambos dieron un brinco de sorpresa. Michelle interrogó:
- ¿Esperabas a otra?
- ¡Qué tonterías dices! ¡No!...No entiendo cómo alguien pudo haber entrado en casa. Aparte de la chica de la limpieza, a quien hoy no le toca venir, nadie tiene llave.
     Pero nuevamente golpearon la puerta. Esta vez con un ritmo de tambores africanos. Valentino se irguió, se puso un pantalón de chándal que tenía en su galán de noche y abrió. Eran la bella Muchosnombres y el señor Destino sonrientes como granadas maduras. Apenas le vieron el rostro a Valentino, en medio de sonoras carcajadas, empezaron a cantarle a dúo “Love is a many splendor thing”.
- Bienvenidos…¿Qué hacéis aquí?
     Y ambos, dejando de cantar, le contestaron:
- ¡Oh Romeo…oh Romeo! Aunque sabemos que acabas de hacer un viaje gozoso muy bien acompañado por Julieta ¿No recuerdas que te habíamos invitado a hacer un viaje sorpresa?


http://www.youtube.com/watch?v=GnDtxiNwDS8





sábado, 12 de mayo de 2012

Michelle se estremece en los brazos de Valentino

Capítulo 34


Foto realizada por Aquiles Torres



      Michelle entró al cuarto de baño, abrió el grifo del agua y lo puso en 30 grados de temperatura. Se sentía contenta. El paseo por Madrid con Valentino había sido interesante y agradable. Notaba que estaba rozando la felicidad. Se metió al habitáculo de cristal de la ducha, cerró los ojos y dejó que el líquido la empapara y le abrazara todo el cuerpo. Así permaneció durante varios minutos. Se sintió revivir. Finalmente se secó y se envolvió en una de las gigantescas toallas de baño que Valentino tenía siempre a mano. Así salió del cuarto de baño: cubierta sólo por una toalla. Primero se asomó al dormitorio principal, pero al no encontrar a Valentino se dirigió al salón. Tampoco estaba allí. Abrió la puerta del cuarto de invitados y lo encontró vacío. Como le venía de paso aprovechó asomarse a la terraza, pero estaba desierta. Finalmente lo encontró en el cuarto que él llama “salita de música”, que es una amplia estancia  decorada con muy buen gusto, donde Valentino suele trabajar, escribir, leer, visionar películas y oír música. También allí acostumbra, a veces, a entornar los ojos hasta quedarse dormido en un gran sofá de piel amarilla mientras la música revolotea por el cuarto. Cuando la muchacha apareció, Valentino la miró sorprendido. Adivinó que debajo de la toalla de baño iba desnuda. Quiso quitarle importancia al asunto y le comentó:
- Pareces una mujer griega cubierta con un himatión.
- ¿Qué es un himatión?
- En la antigua Grecia era una especie de chal, una pieza para cubrir el cuerpo.
- ¡Mmm! He aprendido algo que no sabía. ¡Qué bella canción!
Transmite fuerza, tiene un tono épico. ¿Cómo se llama?
- Es “Grandôla, Vila Morena” cantada por la gran Amália Rodrigues.
- A ella sí la conozco. Es portuguesa. Dicen que es la mejor cantante de fados que ha existido.
- También yo soy de esa opinión.
- Pero esta canción no es un fado, parece un himno.
- Es algo parecido. Aunque, probablemente, José Alfonso, su autor, al componerla, jamás llegó a imaginarse que se transformaría en uno de los himnos más emocionantes del siglo veinte.
- ¿Por qué lo dices?
- Porque esta canción llamada “Grândola, Vila Morena”, hace muchos años, fue transmitida por una radioemisora llamada Radio Renascensa. Era la segunda y última clave, el “vamos adelante” definitivo, de la llamada “Revolución de los claveles” en Portugal. Sucedió en la madrugada del 25 de abril de 1974. Fue el santo y seña para que el ejército, liderado por  el MFA (Movimiento de las Fuerzas Armadas), encabezado por el capitán Saraiva de Carvalho desde el cuartel La Pontinha de Lisboa, se pusiera en marcha para levantarse contra la tiranía Salazarista presidida entonces por Marcelo Caetano. En pocas horas, sin derramar sangre, derrocaron la dictadura. La primera señal había sido transmitida un par de horas antes. Fue la canción llamada “E Depois do Adeus”, cantada por Paulo de Carvalho. Pero la que abrió el dique de contención de la libertad, la que encendió la mecha de la sublevación, fue “Grândola, Vila Morena”. Luego los hombres y mujeres de Portugal salieron a la calle a demostrarles a los militares su apoyo y su cariño. Fue un carnaval de alegría en la que los ciudadanos eufóricos por la libertad que veían venir, ponían claveles rojos y blancos en las bocas de los cañones de los fusiles de los soldados.  

- Aunque en 1974 yo aún no había nacido, de la llamada “Revolución de los Claveles” si he leído. Cuando yo era pequeña, recuerdo que mi abuela española me lo contaba. Mis padres me contaron que ese día, cuando en México se enteraron de la caída de la dictadura portuguesa, mi abuela vaticinó que la próxima dictadura en caer sería la de Franco. En esa época ella solía oír canciones de los cantautores españoles de esos años. He crecido oyéndolos y todavía hoy, cuando los escucho me emociono casi tanto como mi abuela. 

     Cuando la canción terminó, Michelle le preguntó a Valentino:
- Además de oír canciones ¿Qué estás haciendo en tu computador? ¿No quieres descansar?
- Estoy cerrando un artículo para la revista “Elle”.
- ¿“Elle”?… es una revista femenina que suelo leer. ¿Puedo verlo?
- Naturalmente.
-  “Mujeres en un país en guerra” – Pronunció ella en voz alta.
- Sí, así lo he titulado. Trata de la situación de la mujer en la Siria en que acabo de estar. Si para los hombres vivir allí es duro, para ellas y los niños lo es mucho más. No te puedes imaginar, Michelle.
- ¿Me dejas leerlo?
- Claro que sí. No sólo quiero que lo leas; también quiero que me des tu opinión. Necesito el punto de vista de una mujer. Espera unos minutos, cuando lo termine lo podrás leer.

     Mientras Valentino retocaba lo que había escrito, Michelle recorrió lentamente la habitación observando todos aquellos pequeños recuerdos que Valentino guardaba allí. La mayoría de ellos traídos de sus viajes. Acarició una caja de madera de sándalo con incrustaciones de bronce, que destilaba misterio y que procedía de India; luego se agachó a mirar minuciosamente los budas chinos comprados en Cantón que, sonrientes, le devolvían la mirada; a continuación deslizó sus dedos por unas botellas de cristal tallado, del siglo diecinueve; al llegar a los tres huacos eróticos de la cultura Mochica, Michelle abrió desmesuradamente los ojos y giró la cabeza para intentar entender mejor las complicadas posturas haciendo sexo de las parejas representadas en greda. Estaba tan ensimismada en el análisis de las formas de las figuras que no se percató que Valentino se le acercaba sigilosamente por su espalda.
- ¿Estás haciendo un estudio antropométrico de mis huacos peruano precolombinos? Son bellos… ¿Verdad? – Musitó Valentino con un runrún lleno de picardía.
- Bellos e intrincados. ¿Para qué complicarse tanto la vida? Para sentir placer no se necesita ser equilibrista. 
- Ser equilibrista algo ayudará, digo yo. Vamos, deja de estudiar anatomía y, por favor, ayúdame leyendo lo que he escrito.

     Michelle se sentó a leer junto a Valentino. Al realizar esta acción, con un aparente gesto de despreocupación, la mexicana dejó que la toalla se abriera. Al hacerlo dejó al aire sus pechos espléndidos, pequeños y erguidos, coronados por unos pezones rosados como los claveles de los patios cordobeses en abril. Y miró a Valentino desafiante, como preguntándole “¿Te atreverás torear este toro?”. Sin embargo Valentino, adivinando su desafío, le mantuvo la mirada y replicó:
- Anda…primero lee. Después torearemos.

     Michelle leyó en voz alta. Lo hizo lentamente. Incluso  repitió algunos párrafos. Valentino la escuchó complacido, porque al oírla intentó imaginar que él no había escrito esas palabras y pudo ser más crítico. De este modo descubrió que a su texto le faltaba algo de continuidad y ritmo, pero se alegró porque aún estaba a tiempo para corregirlo.
- Las mujeres leen de una forma diferente a como lo hacemos los hombre. Lo hacéis con más sentimiento – le comentó a Michelle.
- ¿Sabes lo que le agregaría?
- ¿Dime qué?
- Como es un tema denso, importante, en el que se entremezclan la vida y la muerte, deberías incluir una entradilla que resumiera la génesis y el desarrollo de la situación siria. De esta manera quienes no hemos seguido el conflicto, como es mi caso, lo entenderíamos mejor.
- Tienes razón, así quien lo lea sabrá por qué ha desembocado en este baño de sangre. Gracias pequeña, ahora lo corregiré. Si estás cansada deberías irte a la cama; el cuarto de invitados es todo para ti.

     Michelle le dio un beso en los labios y se marchó. Pero no se fue al cuarto de invitados, sino que se dirigió al dormitorio principal. Pasados quince minutos, cuando Valentino se fue a descansar, como les sucedió a los enanitos del cuento Blancanieves, encontró que su lecho estaba ocupado por la bella muchacha. Cubierta sólo por la tolla, permanecía despierta en medio de una penumbra dorada, tendida con sus manos detrás de la nuca, en la misma posición que Goya pintó a la Duquesa de Alba en uno de sus famosos cuadros de las majas.
- Pareces La Maja Vestida de Goya – Exclamó complacido Valentino.
Entonces ella apartó la toalla y le ofreció su desnudez como una copa de vino.
- ¡Mmm!...Ahora pareces La Maja Desnuda.
     Michelle rio de buena gana y lo animó:
- Deja a las majas y a Goya tranquilos. Ven, acaríciame,    
quiero que me dejes las huellas de tus manos sobre mi piel y que no se me borren nunca.

     Valentino permaneció de pie, en silencio, unos segundos. Dudó entre quedarse en el dormitorio o irse a dormir al cuarto de invitados. Finalmente se sentó junto a Michelle. Acercó sigilosamente sus manos hacia su cabeza, hizo a un lado sus cabellos y le acarició las orejas con sus labios. Luego comenzó a besarle intensamente su cuello hasta hacerle erizar los vellos de la piel de su invitada. Michelle se estremeció en medio de un rosario de suspiros profundos. Cerró los ojos y besó con ansias el rostro de Valentino.
- Necesitaba tenerte cerca, ansiaba sentir tu calor, percibir tu olor, comprobar que no eras sólo un sueño – Murmuró Michelle exultante junto al oído de su anfitrión.

miércoles, 11 de abril de 2012

Valentino regresa a Madrid

Capítulo 33
Fotografía realizada por Aquiles Torres


     El avión en que venía Valentino desde París aterrizó a las siete en punto de la tarde en la Terminal 4 del aeropuerto de Madrid. Durante todo el tiempo que duró el vuelo pensó en esas semanas densas y dolorosas que había pasado en Homs. Aunque durante su vida había visto cometer muchas barbaridades, sobre todo por la ambición de los dictadores, seguía sin acostumbrarse a la barbarie. No entendía cómo algunos hombres pertenecientes a la especie humana, la misma especie que había descubierto la penicilina, escrito Romeo y Julieta, formulado la Teoría de la Relatividad, pintado El Guernica, o compuesto conciertos maravillosos, eran capaces de destripar a sus congéneres sólo para tener unas migajas más de poder. Repentinamente se percató que desde hacía muchos años se había movido como un péndulo entre el bien y el mal.  

     A pesar de su experiencia como reportero en zonas en conflicto no se imaginó que la noticia de su desaparición en Siria sería divulgada tan intensamente en Europa. Especialmente en España donde había causado un gran revuelo e indignación. Sobre todo porque durante el tiempo en que pasó sin que se supiera nada de él, protegido por la modesta y humanitaria familia siria que le había dado cobijo y curado sus heridas, lo habían dado por muerto en medio de los combates de Homs. Por esta razón, al ingresar al vestíbulo de llegadas de pasajeros del aeropuerto, sorpresivamente, se encontró con decenas de periodistas que lo esperaban porque querían entrevistarlo y conocer más detalles de su pesadilla. Y aunque venía cansado y todavía medio magullado, y quería abrazar a sus familiares y amigos que lo recibieron jubilosos, al final accedió a atender a sus colegas. Allí mismo, en una cafetería del aeropuerto se improvisó un encuentro con sus compañeros de profesión, en el que detalló la parte humana de la noticia, la relativa a la forma en que había conseguido salvar su vida y lo que había sentido, porque era lo que, al parecer, por no conocer esos detalles, más interesaba a la opinión pública. Luego lo llevaron al hospital de La Princesa donde fue sometido a un chequeo médico completo.

     Veinticuatro horas después de su ingreso fue dado de alta.
El informe decía que necesitaría un par de semanas para curar sus heridas físicas y le recomendaban guardar reposo durante varios días. Sin embargo Valentino sabía que las otras heridas, las que se le habían quedado abiertas en su memoria, iban a requerir de mucho tiempo para cicatrizar.

     Cuando se dirigía desde el hospital hasta su cómodo departamento, mientras el vehículo que lo trasladaba circulaba por la calle Serrano, se percató que en Madrid, aparentemente, todo seguía igual que cuando varias semanas antes había comenzado su viaje a Siria: la gente continuaba caminando despreocupadamente por las calles lejos del volcán que él había dejado atrás. Cuando el coche terminó de hacer la rotonda de la Puerta de Alcalá y enfiló por la calle Alfonso XII hasta llegar a la calle Espalter, Valentino tuvo conciencia que era un privilegio vivir en un país sin guerra, el tener tantos amigos y familiares que lo estimaban y, sobre todo, el trabajar en algo que amaba: el periodismo.

     Cuando llegó a su departamento se encontró con María, la chica rumana que tres veces a la semana venía a ocuparse de las cosas de la casa. El departamento estaba impecable como siempre, pero lleno de ramos de flores que le habían enviado conocidos y extraños. Después de saludar a María, lo siguiente que hizo fue llenar el jacuzzi de agua templada. Bajó las persianas y, en penumbras, se desnudó y se metió al líquido tibio. Luego cerró los ojos y se dejó acariciar por los chorros de agua durante varios minutos, hasta que se relajó totalmente. Casi se había dormido cuando aparecieron junto a la bañera Muchosnombres y el señor Destino. Valentino intentó levantarse, pero Muchosnombres le dijo:
- No te muevas, quédate donde estás. Sólo queremos decirte que aunque no nos hayas visto, siempre hemos estado contigo. Nos alegramos que esté bien; sigue disfrutando de tu baño.

     Y desaparecieron igual como habían llegado.

     Durante los días siguientes Valentino se dedicó a contestar todas las muestras de cariño y de solidaridad y, a pesar de las indicaciones de los médicos, al cuarto día empezó a trabajar.

     Una tarde de un viernes de abril, cuando se había preparado para visionar una película clásica, sonó el timbre y, aunque en un principio pensó en quedarse quieto sin hacer ruido, para que quien fuera pensara que no estaba en casa y se marchara, finalmente se levantó, fue hasta puerta, abrió la mirilla y descubrió que allí estaba Michelle. “¿Michelle en Madrid?”, se preguntó y volvió a mirar para asegurarse que era ella. El timbre volvió a sonar y Valentino finalmente abrió la puerta. Cuando la chica lo vio se quedó petrificada y empezó a estremecerse por un llanto sordo que, al final, se transformó en un “Creí que no te volvería a ver”.
- ¿Por qué me miras así? ¡No soy Lázaro! – La reprendió con tono jocoso.

     Luego la invitó a entrar y a compartir la película que tenía lista para comenzar en el reproductor de DVD. Antes fue a la cocina a buscar un bote hermético que contenía “palomitas” con caramelo.
- Una buena película es mejor verla comiendo palomitas con caramelo ¿Te gustan?
-¡Me encantan! – Contestó Michelle terminando de secarse las lágrimas.

     Valentino se sentó junto a ella y le tomó la mano y se la apretó. Así, unidos sintiendo la tibieza de sus manos vieron la dramática y romántica película “An Affair to remember”, la versión filmada en 1957 en la que trabajan Deborah Kerr y Cary Grant, y que en castellano es conocida como “Algo para recordar”. Cuando aparecieron las palabras “The End” en la pantalla, Michelle con los ojos llenos de lágrimas preguntó bajito: “¿Crees que todavía quedan amores así?”.
- Anda, deja de llorar. ¡Claro que quedan! Vamos… salgamos a mirar el mundo que me hace falta. Ya comenzó la primavera. Te invito a tapas y a cerveza en una terraza secreta que conozco.
- ¿Dónde queda esa terraza?
- ¡Ja!...Si te lo digo ya no sería secreta… ¿No crees?

     Cuando iban caminando por la calle Arenal, frente a la Real Iglesia de san Ginés, se encontraron con un gentío que miraba cómo los cofrades de la Virgen de la Soledad sacaban su paso en procesión. Michelle se quedó impávida porque hasta entonces sólo había visto penitentes y nazarenos en la televisión o en el cine. Pero verlos allí, a pocos metros de ella, cubiertos con sus túnicas de diferentes colores y con sus capirotes cubriéndoles el rostro, le impresionó.

     Dejaron atrás la procesión y siguieron hasta las terrazas que hay junto al Teatro Real, en la Plaza de Oriente. Hacía una temperatura agradable y había mucha luz.

     Estaban en medio de un silencio tibio bebiendo sus cervezas, cuando Michelle preguntó:
- Valentino ¿Por qué la mayoría de los hombres os fijáis siempre sólo en la belleza física externa?
- Michelle… ¿En eso has estado pensando todo este rato?
- No, es algo que se me ha ocurrido en este momento.
- No todos pero la mayoría sí lo hace; también las mujeres lo hacéis. Yo lo he hecho algunas veces en mi vida, pero luego me he llevado desencantos monumentales.
- A mí también me ha sucedido.
- ¿Lo ves? Los hombres y las mujeres no somos tan diferentes.
¿Sabes lo que siempre me pregunto cuando conozco a una mujer muy hermosa, tanto que se llega a creer el centro del universo?  Me suelo preguntar cómo será de piel hacia adentro. ¿Serán tan bellos sus pulmones como su nariz respingona? ¿Será su hígado tan hermoso como el contorno de su cintura? ¿Será más bello aún su sistema circulatorio que su sonrisa cautivadora?
- ¡Ja!...Tienes razón; nunca lo había visto así.
- Pero no sólo se trata de belleza física exterior o interior. Hay algo más que es invisible a nuestros ojos.
- ¿Cómo qué?
- Como los sentimientos, por ejemplo. Creo que a veces es bueno preguntarse si la conducta de una persona es real o sólo finge para caer bien. Cómo saber si es generosa o avara, si es legal o maquiavélica, o si es simpática o antipática.
- Sólo el tiempo te ayuda a saber eso.
- Pero a veces no lo llegas a saber nunca.

     Cuando decidieron regresar al departamento ya la luz se había empezado a marchar y se levantó un vientecillo fresco.
Se levantaron y ella le pidió que pusiera su brazo sobre uno de sus hombros.
- Valentino…quiero ser feliz – le confesó mientras ella, a su vez, le circundaba la cintura con su brazo.

     Así, entrelazados, llegaron al departamento de Valentino. Decoraron la mesa de la terraza para cenar al aire libre, encendieron velas aromáticas y juntos fueron a la cocina. En un bol transparente gigantesco, prepararon una ensalada de lechugas; aceitunas de la variedad manzanilla cacereña; atún; trocitos de piña, kiwi y manzana verde; todo aderezado con una salsa compuesta por aceite de oliva, una pizca de ajo, pimienta negra, curry y sal. Para beber eligieron un vinho verde del noroeste de Portugal, un caldo fresco, elaborado  cuando las uvas aún no están maduras del todo, que Valentino había traído del país vecino el año anterior. De postre se sirvieron fresones con jugo de naranja. Y terminaron con un café que les ayudó a hablar de sus respectivas vidas. Michelle, incluso, se atrevió a preguntarle por sus cicatrices. Valentino, sonriente, le respondió: “Son tatuajes que me ha hecho la vida”. Michelle rio y arguyó: “Cuando nos conocimos me contaste que de tus viajes solías traer una pequeña obra de arte; en cambio esta vez trajiste heridas”.
- Esto son sólo costras de sangre seca que el tiempo hará desaparecer; las heridas que duelen de verdad son las que tenemos aquí – Dijo Valentino poniendo su mano en el lado izquierdo de su pecho, sobre el corazón.
- ¿Tienes muchas cicatrices en tu corazón?
- Algunas tengo.
- Pero ninguna te ha matado.
- Ninguna, aunque a veces han tirado a matar.

     Se levantaron cuando eran casi las once de la noche. Entonces Michelle le recordó:
- Me prometiste que la próxima vez, que es ésta, me podría quedar a dormir en tu casa.

     Valentino la abrazó con ternura y le susurró: “Si lo recuerdo; y suelo cumplir mis promesas”.
- ¿Entonces puedo quedarme contigo?
- Por supuesto.
- ¿Puedo ducharme?
- ¡Naturalmente! Ya sabes donde hacerlo.



domingo, 18 de marzo de 2012


Valentino en el infierno sirio 
Fotografía hecha por Aquiles Torres
de un dibujo a carbón realizado por Alejandro Torres

     El mes que estuvo Valentino trabajando como reportero en Siria fue muy duro para él. La mayor parte del tiempo permaneció en Homs, a 140 kilómetros de Damasco, donde se libraban las más cruentas batallas entre el ejército de Asad y el pueblo organizado en resistencia. Homs es la tercera ciudad Siria y tiene una población de un millón de habitantes. Durante esas semanas trabajó en condiciones precarias, en permanente peligro e, incluso, mientras estaba cubriendo los enfrentamientos en el barrio de Bab Amro, que tiene una población de unas 40.000 personas, la mayoría musulmanes sunitas, estuvo en dos ocasiones a punto de perder su vida.

     Valentino estaba en Homs el día en que murieron Marie  Colvin, reportera norteamericana que trabajaba para el Sunday Time; Remy Ochlick, fotógrafo francés de la revista Paris Match; y el sirio Rami al Sayeed, uno de los mártires de la resistencia que, jugándose la vida, salía a la calle a grabar vídeos para evidenciar al mundo lo que el dictador Asad estaba haciendo con su pueblo. Valentino tuvo más suerte. Mientras fotografiaba los combates en una calle de una barriada de la ciudad, a pocos metros de él cayó una sorpresiva lluvia de proyectiles de mortero. No alcanzó a guarecerse y fue herido, pero no pereció. Le destrozaron sus cámaras y su computador, y él recibió esquirlas de metralla en sus brazos y en su cabeza. Cayó bruscamente al suelo, se dio un fuerte golpe en su frente y quedó tirado medio muerto durante un par de horas en plena calle. Cuando la soldadesca y los “shabiha”, matones del régimen de Bashar al Asad, invadieron la calle donde él yacía moribundo para rematar a los heridos, lo dieron por muerto. Afortunadamente para él, no se dieron la molestia de pegarle un tiro en la cabeza o degollarlo, como hicieron con otros heridos que se movían y quejaban. Estuvo muy cerca de engrosar la lista de periodistas muertos en “combate por la libertad de prensa”, pero salvó su vida. Cuando anocheció, los miembros de una humilde familia siria que se asomó a la calle lo vieron que yacía cerca de la puerta de su casa, se aproximaron a él y comprobaron que, aunque embadurnado de sangre seca, respiraba. Jugándose sus propias vidas lo arrastraron hasta el interior de su  vivienda, lo tendieron en uno de los jergones de sus hijos y le lavaron las heridas. Volvieron a comprobar que seguía respirando y lo dejaron descansar. Al poco rato empezó a delirar. Cada dos horas le ponían un paño mojado en su frente y le humedecían los labios con agua fresca.

     En su delirio Valentino veía a Venus, la chica valenciana a la que tanto había amado, la que tenía constelaciones de lunares en sus pechos, la misma que durante varios años de su vida le estrujó el corazón. La veía bajando cogida de su brazo al comedor del hotel Reina Victoria de Valencia, esplendorosa como una princesa de cuentos orientales, con el cabello que parecía una enredadera de jazmines, todavía húmedo por la ducha reciente. En los sueños febriles de Valentino, Venus vestía un traje blanco, esplendoroso, con un cinturón color índigo ciñéndole la cintura y zapatos del mismo tono. Soñaba que le decía “Tu cabello huele a un perfume que me excita”. Y ella, riendo a carcajadas, tomaba su pelo entre las manos y lo hacía danzar en forma provocativa en medio del comedor lleno de huéspedes que a esa hora desayunaban. Y todas las mesas, cubiertas de manteles blancos e impecablemente adornadas, se llenaban de jazmines que caían en cascadas de la cabellera de la bella muchacha.

     La mañana del tercer día Valentino abrió los ojos y recobró la conciencia, pero no se acordaba de nada de lo que le había sucedido. Quiso incorporarse y no pudo; estaba demasiado débil y le dolía todo el cuerpo. Todo le daba vueltas como si estuviera en medio de un remolino de fuego. Al darse cuenta que Valentino había vuelto en sí, de inmediato el matrimonio y sus tres hijos corrieron a ayudarlo. Al principio reaccionó con desconfianza ante aquellas personas que no conocía, pero lo tranquilizaron explicándole que formaban parte de la resistencia y que lo habían encontrado casi muerto en medio de la calle. Entendió que de no haber sido así ahora estaría diluyéndose en el universo. Cuando pudo balbucear algunas palabras se atrevió a preguntarles a sus ángeles guardianes qué le había sucedido y dónde estaba. Pero como ellos no hablaban ni castellano ni inglés, sólo árabe y lengua azerí, se lo explicaron por señas y le trajeron un pequeño espejo para que pudiera ver su rostro. Sólo entonces Valentino comprendió que había vuelto del lado oscuro del lago y se tranquilizó. Preguntó por sus cosas, por su equipo de trabajo, por su hotel. Le explicaron que, probablemente, casi todas sus pertenencias se las habían llevado los soldados de Bashar Al- Assad, porque tenían derecho a pillaje. Y que el hotel de los periodistas ahora estaba en ruinas, igual como casi toda la ciudad. Agregaron que bajo su cuerpo encontraron un pequeño bolso que los soldados no se lo llevaron porque no lo habían visto. Se lo trajeron y comprobó que en su interior estaba todo intacto: su pasaporte español; una agenda; un pasaje aéreo Beirut-París; su estilográfica; seis mil euros; sus tarjetas de crédito; pastillas para potabilizar agua; antibióticos que solía llevar por si sufría alguna infección; y las tres cartas de naipe que le había regalado el señor Destino para que las utilizara en caso que quisiera doblarle la mano a su sino: una azul, otra roja y la tercera amarilla, brillando e iluminando de color óxido la habitación.

     Aunque nunca lo habían visto antes, sus salvadores lo cuidaron como si hubiera sido un ser querido, y valiéndose  de comunicación no verbal le explicaron que habían oído que varios periodistas habían muerto en medio del fuego. Le recomendaron que mientras las puertas del infierno estuvieran abiertas de par en par, mejor permaneciera escondido allí, porque su casa era demasiado modesta para que los esbirros de Asad se dignaran entrar a ella.

     Poco a poco Valentino comenzó a recordar el momento en que cayó abatido. La última secuencia que se le vino a la memoria fue que estaba en medio de la calle mientras comenzaban a caer proyectiles y la gente corría desesperada, cruzándose de lado a lado como los hilos de una tela de araña. Recordó que sintió varios impactos sobre su cuerpo que le causaron un dolor insoportable, y que luego se desplomó hasta azotar su cabeza contra el asfalto. A pesar del fuerte golpe, todavía permaneció consciente un par de minutos en los que alcanzó a ver, como en una película en cámara lenta, cómo caían heridos de muerte mujeres, hombres y hasta niños. Intentó incorporarse pero el dolor se lo impidió. Luego, se le llenó el cerebro con las imágenes de la última navidad, especialmente la dulce llamada telefónica que había recibido de Michelle, la azafata mexicana. Al fin todo comenzó a oscurecerse y se preparó a morir. No sintió miedo, sólo quería que cesara el dolor que lo envolvía. Nunca como entonces entendió que morir era algo natural. Sabía que su cuerpo se desintegraría y que todos sus átomos, como se lo había asegurado Muchosnombres, pasarían a formar parte de otra cosa diferente a lo que ahora era él.

     Sin embargo había sobrevivido. Tras una semana de convalecencia, cuando recobró parte de sus fuerzas y fue capaz de ponerse en pie, la tormenta de fuego comenzó a amainar. Aunque sus salvadores le sugirieron que se quedara un tiempo más, al día siguiente decidió intentar salir de la ciudad. Cogió su escaso equipaje, anotó las señas de la familia que le había salvado la vida y protegido y, aunque ellos se negaban, les obligó a recibir la mitad del dinero que llevaba en su cartera. Los abrazó a todos y prometió volver algún día. Luego, el jefe de la familia lo guio por un laberinto de callejuelas llenas de escombros y de cuerpos descompuestos, hasta dejarlo junto a una carretera que estaba desierta, indicándole la dirección que llevaba hacia el Líbano. Caminó por ella avanzando lentamente, siempre hacia Beirut. Cuando sentía ruido se escondía y cuando regresaba el silencio continuaba. Durante su éxodo se encontró con tres colegas periodistas que, también heridos, hacían la misma ruta que él. Finalmente los cuatro pudieron escapar de la ratonera donde se habían metido, gracias a que en el segundo amanecer se encontraron con un convoy formado por siete camiones del Comité Internacional de la Cruz Roja y de la Media Luna Roja Siria, cuyos voluntarios, tras muchas dificultades, lograron atravesar con ellos la frontera. Ya en el Líbano, se dirigieron directamente al aeropuerto internacional Rafic Hariri de Beirut. Fue allí donde Valentino y sus compañeros de huida se enteraron de los nombres de su camaradas caídos y ,que a ellos, los daban por desaparecidos. Apenas pudo, desde el mismo aeropuerto, Valentino envió mensajes a sus familiares y a Nieves, la secretaria del Club Internacional de Prensa para informales que estaba vivo. Antes de subir al avión, también alcanzó a contestar algunos de los cientos de mensajes de ánimo que había recibido de sus lectores habituales, y varios correos electrónicos de Michelle, llenos de cariño y ternura.

     Cuando el avión por fin despegó, ya instalado en su asiento, Valentino cerró los ojos y sonrió, porque lo que no se imaginaban las fuerzas de seguridad sirias es que en su pequeño bolso negro que se había salvado de la rapiña, guardaba también una memoria USB con más de mil fotografías que le habían entregado miembros de la resistencia que demostraban las masacres indiscriminadas y las terribles torturas que los esbirros del régimen infringían a todo aquél que no estuviera de acuerdo con Asad: golpizas, colgamientos, descargas eléctricas, violaciones de mujeres, y degollamientos. Valentino sabía que parte de esas imágenes, antes de 24 horas, serían publicadas por lo medios de comunicación más influyentes del planeta, lo que provocaría que en el mundo se recrudecieran las acciones de repulsa contra el tirano.
 
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