sábado, 12 de mayo de 2012

Michelle se estremece en los brazos de Valentino

Capítulo 34


Foto realizada por Aquiles Torres



      Michelle entró al cuarto de baño, abrió el grifo del agua y lo puso en 30 grados de temperatura. Se sentía contenta. El paseo por Madrid con Valentino había sido interesante y agradable. Notaba que estaba rozando la felicidad. Se metió al habitáculo de cristal de la ducha, cerró los ojos y dejó que el líquido la empapara y le abrazara todo el cuerpo. Así permaneció durante varios minutos. Se sintió revivir. Finalmente se secó y se envolvió en una de las gigantescas toallas de baño que Valentino tenía siempre a mano. Así salió del cuarto de baño: cubierta sólo por una toalla. Primero se asomó al dormitorio principal, pero al no encontrar a Valentino se dirigió al salón. Tampoco estaba allí. Abrió la puerta del cuarto de invitados y lo encontró vacío. Como le venía de paso aprovechó asomarse a la terraza, pero estaba desierta. Finalmente lo encontró en el cuarto que él llama “salita de música”, que es una amplia estancia  decorada con muy buen gusto, donde Valentino suele trabajar, escribir, leer, visionar películas y oír música. También allí acostumbra, a veces, a entornar los ojos hasta quedarse dormido en un gran sofá de piel amarilla mientras la música revolotea por el cuarto. Cuando la muchacha apareció, Valentino la miró sorprendido. Adivinó que debajo de la toalla de baño iba desnuda. Quiso quitarle importancia al asunto y le comentó:
- Pareces una mujer griega cubierta con un himatión.
- ¿Qué es un himatión?
- En la antigua Grecia era una especie de chal, una pieza para cubrir el cuerpo.
- ¡Mmm! He aprendido algo que no sabía. ¡Qué bella canción!
Transmite fuerza, tiene un tono épico. ¿Cómo se llama?
- Es “Grandôla, Vila Morena” cantada por la gran Amália Rodrigues.
- A ella sí la conozco. Es portuguesa. Dicen que es la mejor cantante de fados que ha existido.
- También yo soy de esa opinión.
- Pero esta canción no es un fado, parece un himno.
- Es algo parecido. Aunque, probablemente, José Alfonso, su autor, al componerla, jamás llegó a imaginarse que se transformaría en uno de los himnos más emocionantes del siglo veinte.
- ¿Por qué lo dices?
- Porque esta canción llamada “Grândola, Vila Morena”, hace muchos años, fue transmitida por una radioemisora llamada Radio Renascensa. Era la segunda y última clave, el “vamos adelante” definitivo, de la llamada “Revolución de los claveles” en Portugal. Sucedió en la madrugada del 25 de abril de 1974. Fue el santo y seña para que el ejército, liderado por  el MFA (Movimiento de las Fuerzas Armadas), encabezado por el capitán Saraiva de Carvalho desde el cuartel La Pontinha de Lisboa, se pusiera en marcha para levantarse contra la tiranía Salazarista presidida entonces por Marcelo Caetano. En pocas horas, sin derramar sangre, derrocaron la dictadura. La primera señal había sido transmitida un par de horas antes. Fue la canción llamada “E Depois do Adeus”, cantada por Paulo de Carvalho. Pero la que abrió el dique de contención de la libertad, la que encendió la mecha de la sublevación, fue “Grândola, Vila Morena”. Luego los hombres y mujeres de Portugal salieron a la calle a demostrarles a los militares su apoyo y su cariño. Fue un carnaval de alegría en la que los ciudadanos eufóricos por la libertad que veían venir, ponían claveles rojos y blancos en las bocas de los cañones de los fusiles de los soldados.  

- Aunque en 1974 yo aún no había nacido, de la llamada “Revolución de los Claveles” si he leído. Cuando yo era pequeña, recuerdo que mi abuela española me lo contaba. Mis padres me contaron que ese día, cuando en México se enteraron de la caída de la dictadura portuguesa, mi abuela vaticinó que la próxima dictadura en caer sería la de Franco. En esa época ella solía oír canciones de los cantautores españoles de esos años. He crecido oyéndolos y todavía hoy, cuando los escucho me emociono casi tanto como mi abuela. 

     Cuando la canción terminó, Michelle le preguntó a Valentino:
- Además de oír canciones ¿Qué estás haciendo en tu computador? ¿No quieres descansar?
- Estoy cerrando un artículo para la revista “Elle”.
- ¿“Elle”?… es una revista femenina que suelo leer. ¿Puedo verlo?
- Naturalmente.
-  “Mujeres en un país en guerra” – Pronunció ella en voz alta.
- Sí, así lo he titulado. Trata de la situación de la mujer en la Siria en que acabo de estar. Si para los hombres vivir allí es duro, para ellas y los niños lo es mucho más. No te puedes imaginar, Michelle.
- ¿Me dejas leerlo?
- Claro que sí. No sólo quiero que lo leas; también quiero que me des tu opinión. Necesito el punto de vista de una mujer. Espera unos minutos, cuando lo termine lo podrás leer.

     Mientras Valentino retocaba lo que había escrito, Michelle recorrió lentamente la habitación observando todos aquellos pequeños recuerdos que Valentino guardaba allí. La mayoría de ellos traídos de sus viajes. Acarició una caja de madera de sándalo con incrustaciones de bronce, que destilaba misterio y que procedía de India; luego se agachó a mirar minuciosamente los budas chinos comprados en Cantón que, sonrientes, le devolvían la mirada; a continuación deslizó sus dedos por unas botellas de cristal tallado, del siglo diecinueve; al llegar a los tres huacos eróticos de la cultura Mochica, Michelle abrió desmesuradamente los ojos y giró la cabeza para intentar entender mejor las complicadas posturas haciendo sexo de las parejas representadas en greda. Estaba tan ensimismada en el análisis de las formas de las figuras que no se percató que Valentino se le acercaba sigilosamente por su espalda.
- ¿Estás haciendo un estudio antropométrico de mis huacos peruano precolombinos? Son bellos… ¿Verdad? – Musitó Valentino con un runrún lleno de picardía.
- Bellos e intrincados. ¿Para qué complicarse tanto la vida? Para sentir placer no se necesita ser equilibrista. 
- Ser equilibrista algo ayudará, digo yo. Vamos, deja de estudiar anatomía y, por favor, ayúdame leyendo lo que he escrito.

     Michelle se sentó a leer junto a Valentino. Al realizar esta acción, con un aparente gesto de despreocupación, la mexicana dejó que la toalla se abriera. Al hacerlo dejó al aire sus pechos espléndidos, pequeños y erguidos, coronados por unos pezones rosados como los claveles de los patios cordobeses en abril. Y miró a Valentino desafiante, como preguntándole “¿Te atreverás torear este toro?”. Sin embargo Valentino, adivinando su desafío, le mantuvo la mirada y replicó:
- Anda…primero lee. Después torearemos.

     Michelle leyó en voz alta. Lo hizo lentamente. Incluso  repitió algunos párrafos. Valentino la escuchó complacido, porque al oírla intentó imaginar que él no había escrito esas palabras y pudo ser más crítico. De este modo descubrió que a su texto le faltaba algo de continuidad y ritmo, pero se alegró porque aún estaba a tiempo para corregirlo.
- Las mujeres leen de una forma diferente a como lo hacemos los hombre. Lo hacéis con más sentimiento – le comentó a Michelle.
- ¿Sabes lo que le agregaría?
- ¿Dime qué?
- Como es un tema denso, importante, en el que se entremezclan la vida y la muerte, deberías incluir una entradilla que resumiera la génesis y el desarrollo de la situación siria. De esta manera quienes no hemos seguido el conflicto, como es mi caso, lo entenderíamos mejor.
- Tienes razón, así quien lo lea sabrá por qué ha desembocado en este baño de sangre. Gracias pequeña, ahora lo corregiré. Si estás cansada deberías irte a la cama; el cuarto de invitados es todo para ti.

     Michelle le dio un beso en los labios y se marchó. Pero no se fue al cuarto de invitados, sino que se dirigió al dormitorio principal. Pasados quince minutos, cuando Valentino se fue a descansar, como les sucedió a los enanitos del cuento Blancanieves, encontró que su lecho estaba ocupado por la bella muchacha. Cubierta sólo por la tolla, permanecía despierta en medio de una penumbra dorada, tendida con sus manos detrás de la nuca, en la misma posición que Goya pintó a la Duquesa de Alba en uno de sus famosos cuadros de las majas.
- Pareces La Maja Vestida de Goya – Exclamó complacido Valentino.
Entonces ella apartó la toalla y le ofreció su desnudez como una copa de vino.
- ¡Mmm!...Ahora pareces La Maja Desnuda.
     Michelle rio de buena gana y lo animó:
- Deja a las majas y a Goya tranquilos. Ven, acaríciame,    
quiero que me dejes las huellas de tus manos sobre mi piel y que no se me borren nunca.

     Valentino permaneció de pie, en silencio, unos segundos. Dudó entre quedarse en el dormitorio o irse a dormir al cuarto de invitados. Finalmente se sentó junto a Michelle. Acercó sigilosamente sus manos hacia su cabeza, hizo a un lado sus cabellos y le acarició las orejas con sus labios. Luego comenzó a besarle intensamente su cuello hasta hacerle erizar los vellos de la piel de su invitada. Michelle se estremeció en medio de un rosario de suspiros profundos. Cerró los ojos y besó con ansias el rostro de Valentino.
- Necesitaba tenerte cerca, ansiaba sentir tu calor, percibir tu olor, comprobar que no eras sólo un sueño – Murmuró Michelle exultante junto al oído de su anfitrión.

miércoles, 11 de abril de 2012

Valentino regresa a Madrid

Capítulo 33
Fotografía realizada por Aquiles Torres


     El avión en que venía Valentino desde París aterrizó a las siete en punto de la tarde en la Terminal 4 del aeropuerto de Madrid. Durante todo el tiempo que duró el vuelo pensó en esas semanas densas y dolorosas que había pasado en Homs. Aunque durante su vida había visto cometer muchas barbaridades, sobre todo por la ambición de los dictadores, seguía sin acostumbrarse a la barbarie. No entendía cómo algunos hombres pertenecientes a la especie humana, la misma especie que había descubierto la penicilina, escrito Romeo y Julieta, formulado la Teoría de la Relatividad, pintado El Guernica, o compuesto conciertos maravillosos, eran capaces de destripar a sus congéneres sólo para tener unas migajas más de poder. Repentinamente se percató que desde hacía muchos años se había movido como un péndulo entre el bien y el mal.  

     A pesar de su experiencia como reportero en zonas en conflicto no se imaginó que la noticia de su desaparición en Siria sería divulgada tan intensamente en Europa. Especialmente en España donde había causado un gran revuelo e indignación. Sobre todo porque durante el tiempo en que pasó sin que se supiera nada de él, protegido por la modesta y humanitaria familia siria que le había dado cobijo y curado sus heridas, lo habían dado por muerto en medio de los combates de Homs. Por esta razón, al ingresar al vestíbulo de llegadas de pasajeros del aeropuerto, sorpresivamente, se encontró con decenas de periodistas que lo esperaban porque querían entrevistarlo y conocer más detalles de su pesadilla. Y aunque venía cansado y todavía medio magullado, y quería abrazar a sus familiares y amigos que lo recibieron jubilosos, al final accedió a atender a sus colegas. Allí mismo, en una cafetería del aeropuerto se improvisó un encuentro con sus compañeros de profesión, en el que detalló la parte humana de la noticia, la relativa a la forma en que había conseguido salvar su vida y lo que había sentido, porque era lo que, al parecer, por no conocer esos detalles, más interesaba a la opinión pública. Luego lo llevaron al hospital de La Princesa donde fue sometido a un chequeo médico completo.

     Veinticuatro horas después de su ingreso fue dado de alta.
El informe decía que necesitaría un par de semanas para curar sus heridas físicas y le recomendaban guardar reposo durante varios días. Sin embargo Valentino sabía que las otras heridas, las que se le habían quedado abiertas en su memoria, iban a requerir de mucho tiempo para cicatrizar.

     Cuando se dirigía desde el hospital hasta su cómodo departamento, mientras el vehículo que lo trasladaba circulaba por la calle Serrano, se percató que en Madrid, aparentemente, todo seguía igual que cuando varias semanas antes había comenzado su viaje a Siria: la gente continuaba caminando despreocupadamente por las calles lejos del volcán que él había dejado atrás. Cuando el coche terminó de hacer la rotonda de la Puerta de Alcalá y enfiló por la calle Alfonso XII hasta llegar a la calle Espalter, Valentino tuvo conciencia que era un privilegio vivir en un país sin guerra, el tener tantos amigos y familiares que lo estimaban y, sobre todo, el trabajar en algo que amaba: el periodismo.

     Cuando llegó a su departamento se encontró con María, la chica rumana que tres veces a la semana venía a ocuparse de las cosas de la casa. El departamento estaba impecable como siempre, pero lleno de ramos de flores que le habían enviado conocidos y extraños. Después de saludar a María, lo siguiente que hizo fue llenar el jacuzzi de agua templada. Bajó las persianas y, en penumbras, se desnudó y se metió al líquido tibio. Luego cerró los ojos y se dejó acariciar por los chorros de agua durante varios minutos, hasta que se relajó totalmente. Casi se había dormido cuando aparecieron junto a la bañera Muchosnombres y el señor Destino. Valentino intentó levantarse, pero Muchosnombres le dijo:
- No te muevas, quédate donde estás. Sólo queremos decirte que aunque no nos hayas visto, siempre hemos estado contigo. Nos alegramos que esté bien; sigue disfrutando de tu baño.

     Y desaparecieron igual como habían llegado.

     Durante los días siguientes Valentino se dedicó a contestar todas las muestras de cariño y de solidaridad y, a pesar de las indicaciones de los médicos, al cuarto día empezó a trabajar.

     Una tarde de un viernes de abril, cuando se había preparado para visionar una película clásica, sonó el timbre y, aunque en un principio pensó en quedarse quieto sin hacer ruido, para que quien fuera pensara que no estaba en casa y se marchara, finalmente se levantó, fue hasta puerta, abrió la mirilla y descubrió que allí estaba Michelle. “¿Michelle en Madrid?”, se preguntó y volvió a mirar para asegurarse que era ella. El timbre volvió a sonar y Valentino finalmente abrió la puerta. Cuando la chica lo vio se quedó petrificada y empezó a estremecerse por un llanto sordo que, al final, se transformó en un “Creí que no te volvería a ver”.
- ¿Por qué me miras así? ¡No soy Lázaro! – La reprendió con tono jocoso.

     Luego la invitó a entrar y a compartir la película que tenía lista para comenzar en el reproductor de DVD. Antes fue a la cocina a buscar un bote hermético que contenía “palomitas” con caramelo.
- Una buena película es mejor verla comiendo palomitas con caramelo ¿Te gustan?
-¡Me encantan! – Contestó Michelle terminando de secarse las lágrimas.

     Valentino se sentó junto a ella y le tomó la mano y se la apretó. Así, unidos sintiendo la tibieza de sus manos vieron la dramática y romántica película “An Affair to remember”, la versión filmada en 1957 en la que trabajan Deborah Kerr y Cary Grant, y que en castellano es conocida como “Algo para recordar”. Cuando aparecieron las palabras “The End” en la pantalla, Michelle con los ojos llenos de lágrimas preguntó bajito: “¿Crees que todavía quedan amores así?”.
- Anda, deja de llorar. ¡Claro que quedan! Vamos… salgamos a mirar el mundo que me hace falta. Ya comenzó la primavera. Te invito a tapas y a cerveza en una terraza secreta que conozco.
- ¿Dónde queda esa terraza?
- ¡Ja!...Si te lo digo ya no sería secreta… ¿No crees?

     Cuando iban caminando por la calle Arenal, frente a la Real Iglesia de san Ginés, se encontraron con un gentío que miraba cómo los cofrades de la Virgen de la Soledad sacaban su paso en procesión. Michelle se quedó impávida porque hasta entonces sólo había visto penitentes y nazarenos en la televisión o en el cine. Pero verlos allí, a pocos metros de ella, cubiertos con sus túnicas de diferentes colores y con sus capirotes cubriéndoles el rostro, le impresionó.

     Dejaron atrás la procesión y siguieron hasta las terrazas que hay junto al Teatro Real, en la Plaza de Oriente. Hacía una temperatura agradable y había mucha luz.

     Estaban en medio de un silencio tibio bebiendo sus cervezas, cuando Michelle preguntó:
- Valentino ¿Por qué la mayoría de los hombres os fijáis siempre sólo en la belleza física externa?
- Michelle… ¿En eso has estado pensando todo este rato?
- No, es algo que se me ha ocurrido en este momento.
- No todos pero la mayoría sí lo hace; también las mujeres lo hacéis. Yo lo he hecho algunas veces en mi vida, pero luego me he llevado desencantos monumentales.
- A mí también me ha sucedido.
- ¿Lo ves? Los hombres y las mujeres no somos tan diferentes.
¿Sabes lo que siempre me pregunto cuando conozco a una mujer muy hermosa, tanto que se llega a creer el centro del universo?  Me suelo preguntar cómo será de piel hacia adentro. ¿Serán tan bellos sus pulmones como su nariz respingona? ¿Será su hígado tan hermoso como el contorno de su cintura? ¿Será más bello aún su sistema circulatorio que su sonrisa cautivadora?
- ¡Ja!...Tienes razón; nunca lo había visto así.
- Pero no sólo se trata de belleza física exterior o interior. Hay algo más que es invisible a nuestros ojos.
- ¿Cómo qué?
- Como los sentimientos, por ejemplo. Creo que a veces es bueno preguntarse si la conducta de una persona es real o sólo finge para caer bien. Cómo saber si es generosa o avara, si es legal o maquiavélica, o si es simpática o antipática.
- Sólo el tiempo te ayuda a saber eso.
- Pero a veces no lo llegas a saber nunca.

     Cuando decidieron regresar al departamento ya la luz se había empezado a marchar y se levantó un vientecillo fresco.
Se levantaron y ella le pidió que pusiera su brazo sobre uno de sus hombros.
- Valentino…quiero ser feliz – le confesó mientras ella, a su vez, le circundaba la cintura con su brazo.

     Así, entrelazados, llegaron al departamento de Valentino. Decoraron la mesa de la terraza para cenar al aire libre, encendieron velas aromáticas y juntos fueron a la cocina. En un bol transparente gigantesco, prepararon una ensalada de lechugas; aceitunas de la variedad manzanilla cacereña; atún; trocitos de piña, kiwi y manzana verde; todo aderezado con una salsa compuesta por aceite de oliva, una pizca de ajo, pimienta negra, curry y sal. Para beber eligieron un vinho verde del noroeste de Portugal, un caldo fresco, elaborado  cuando las uvas aún no están maduras del todo, que Valentino había traído del país vecino el año anterior. De postre se sirvieron fresones con jugo de naranja. Y terminaron con un café que les ayudó a hablar de sus respectivas vidas. Michelle, incluso, se atrevió a preguntarle por sus cicatrices. Valentino, sonriente, le respondió: “Son tatuajes que me ha hecho la vida”. Michelle rio y arguyó: “Cuando nos conocimos me contaste que de tus viajes solías traer una pequeña obra de arte; en cambio esta vez trajiste heridas”.
- Esto son sólo costras de sangre seca que el tiempo hará desaparecer; las heridas que duelen de verdad son las que tenemos aquí – Dijo Valentino poniendo su mano en el lado izquierdo de su pecho, sobre el corazón.
- ¿Tienes muchas cicatrices en tu corazón?
- Algunas tengo.
- Pero ninguna te ha matado.
- Ninguna, aunque a veces han tirado a matar.

     Se levantaron cuando eran casi las once de la noche. Entonces Michelle le recordó:
- Me prometiste que la próxima vez, que es ésta, me podría quedar a dormir en tu casa.

     Valentino la abrazó con ternura y le susurró: “Si lo recuerdo; y suelo cumplir mis promesas”.
- ¿Entonces puedo quedarme contigo?
- Por supuesto.
- ¿Puedo ducharme?
- ¡Naturalmente! Ya sabes donde hacerlo.



domingo, 18 de marzo de 2012


Valentino en el infierno sirio 
Fotografía hecha por Aquiles Torres
de un dibujo a carbón realizado por Alejandro Torres

     El mes que estuvo Valentino trabajando como reportero en Siria fue muy duro para él. La mayor parte del tiempo permaneció en Homs, a 140 kilómetros de Damasco, donde se libraban las más cruentas batallas entre el ejército de Asad y el pueblo organizado en resistencia. Homs es la tercera ciudad Siria y tiene una población de un millón de habitantes. Durante esas semanas trabajó en condiciones precarias, en permanente peligro e, incluso, mientras estaba cubriendo los enfrentamientos en el barrio de Bab Amro, que tiene una población de unas 40.000 personas, la mayoría musulmanes sunitas, estuvo en dos ocasiones a punto de perder su vida.

     Valentino estaba en Homs el día en que murieron Marie  Colvin, reportera norteamericana que trabajaba para el Sunday Time; Remy Ochlick, fotógrafo francés de la revista Paris Match; y el sirio Rami al Sayeed, uno de los mártires de la resistencia que, jugándose la vida, salía a la calle a grabar vídeos para evidenciar al mundo lo que el dictador Asad estaba haciendo con su pueblo. Valentino tuvo más suerte. Mientras fotografiaba los combates en una calle de una barriada de la ciudad, a pocos metros de él cayó una sorpresiva lluvia de proyectiles de mortero. No alcanzó a guarecerse y fue herido, pero no pereció. Le destrozaron sus cámaras y su computador, y él recibió esquirlas de metralla en sus brazos y en su cabeza. Cayó bruscamente al suelo, se dio un fuerte golpe en su frente y quedó tirado medio muerto durante un par de horas en plena calle. Cuando la soldadesca y los “shabiha”, matones del régimen de Bashar al Asad, invadieron la calle donde él yacía moribundo para rematar a los heridos, lo dieron por muerto. Afortunadamente para él, no se dieron la molestia de pegarle un tiro en la cabeza o degollarlo, como hicieron con otros heridos que se movían y quejaban. Estuvo muy cerca de engrosar la lista de periodistas muertos en “combate por la libertad de prensa”, pero salvó su vida. Cuando anocheció, los miembros de una humilde familia siria que se asomó a la calle lo vieron que yacía cerca de la puerta de su casa, se aproximaron a él y comprobaron que, aunque embadurnado de sangre seca, respiraba. Jugándose sus propias vidas lo arrastraron hasta el interior de su  vivienda, lo tendieron en uno de los jergones de sus hijos y le lavaron las heridas. Volvieron a comprobar que seguía respirando y lo dejaron descansar. Al poco rato empezó a delirar. Cada dos horas le ponían un paño mojado en su frente y le humedecían los labios con agua fresca.

     En su delirio Valentino veía a Venus, la chica valenciana a la que tanto había amado, la que tenía constelaciones de lunares en sus pechos, la misma que durante varios años de su vida le estrujó el corazón. La veía bajando cogida de su brazo al comedor del hotel Reina Victoria de Valencia, esplendorosa como una princesa de cuentos orientales, con el cabello que parecía una enredadera de jazmines, todavía húmedo por la ducha reciente. En los sueños febriles de Valentino, Venus vestía un traje blanco, esplendoroso, con un cinturón color índigo ciñéndole la cintura y zapatos del mismo tono. Soñaba que le decía “Tu cabello huele a un perfume que me excita”. Y ella, riendo a carcajadas, tomaba su pelo entre las manos y lo hacía danzar en forma provocativa en medio del comedor lleno de huéspedes que a esa hora desayunaban. Y todas las mesas, cubiertas de manteles blancos e impecablemente adornadas, se llenaban de jazmines que caían en cascadas de la cabellera de la bella muchacha.

     La mañana del tercer día Valentino abrió los ojos y recobró la conciencia, pero no se acordaba de nada de lo que le había sucedido. Quiso incorporarse y no pudo; estaba demasiado débil y le dolía todo el cuerpo. Todo le daba vueltas como si estuviera en medio de un remolino de fuego. Al darse cuenta que Valentino había vuelto en sí, de inmediato el matrimonio y sus tres hijos corrieron a ayudarlo. Al principio reaccionó con desconfianza ante aquellas personas que no conocía, pero lo tranquilizaron explicándole que formaban parte de la resistencia y que lo habían encontrado casi muerto en medio de la calle. Entendió que de no haber sido así ahora estaría diluyéndose en el universo. Cuando pudo balbucear algunas palabras se atrevió a preguntarles a sus ángeles guardianes qué le había sucedido y dónde estaba. Pero como ellos no hablaban ni castellano ni inglés, sólo árabe y lengua azerí, se lo explicaron por señas y le trajeron un pequeño espejo para que pudiera ver su rostro. Sólo entonces Valentino comprendió que había vuelto del lado oscuro del lago y se tranquilizó. Preguntó por sus cosas, por su equipo de trabajo, por su hotel. Le explicaron que, probablemente, casi todas sus pertenencias se las habían llevado los soldados de Bashar Al- Assad, porque tenían derecho a pillaje. Y que el hotel de los periodistas ahora estaba en ruinas, igual como casi toda la ciudad. Agregaron que bajo su cuerpo encontraron un pequeño bolso que los soldados no se lo llevaron porque no lo habían visto. Se lo trajeron y comprobó que en su interior estaba todo intacto: su pasaporte español; una agenda; un pasaje aéreo Beirut-París; su estilográfica; seis mil euros; sus tarjetas de crédito; pastillas para potabilizar agua; antibióticos que solía llevar por si sufría alguna infección; y las tres cartas de naipe que le había regalado el señor Destino para que las utilizara en caso que quisiera doblarle la mano a su sino: una azul, otra roja y la tercera amarilla, brillando e iluminando de color óxido la habitación.

     Aunque nunca lo habían visto antes, sus salvadores lo cuidaron como si hubiera sido un ser querido, y valiéndose  de comunicación no verbal le explicaron que habían oído que varios periodistas habían muerto en medio del fuego. Le recomendaron que mientras las puertas del infierno estuvieran abiertas de par en par, mejor permaneciera escondido allí, porque su casa era demasiado modesta para que los esbirros de Asad se dignaran entrar a ella.

     Poco a poco Valentino comenzó a recordar el momento en que cayó abatido. La última secuencia que se le vino a la memoria fue que estaba en medio de la calle mientras comenzaban a caer proyectiles y la gente corría desesperada, cruzándose de lado a lado como los hilos de una tela de araña. Recordó que sintió varios impactos sobre su cuerpo que le causaron un dolor insoportable, y que luego se desplomó hasta azotar su cabeza contra el asfalto. A pesar del fuerte golpe, todavía permaneció consciente un par de minutos en los que alcanzó a ver, como en una película en cámara lenta, cómo caían heridos de muerte mujeres, hombres y hasta niños. Intentó incorporarse pero el dolor se lo impidió. Luego, se le llenó el cerebro con las imágenes de la última navidad, especialmente la dulce llamada telefónica que había recibido de Michelle, la azafata mexicana. Al fin todo comenzó a oscurecerse y se preparó a morir. No sintió miedo, sólo quería que cesara el dolor que lo envolvía. Nunca como entonces entendió que morir era algo natural. Sabía que su cuerpo se desintegraría y que todos sus átomos, como se lo había asegurado Muchosnombres, pasarían a formar parte de otra cosa diferente a lo que ahora era él.

     Sin embargo había sobrevivido. Tras una semana de convalecencia, cuando recobró parte de sus fuerzas y fue capaz de ponerse en pie, la tormenta de fuego comenzó a amainar. Aunque sus salvadores le sugirieron que se quedara un tiempo más, al día siguiente decidió intentar salir de la ciudad. Cogió su escaso equipaje, anotó las señas de la familia que le había salvado la vida y protegido y, aunque ellos se negaban, les obligó a recibir la mitad del dinero que llevaba en su cartera. Los abrazó a todos y prometió volver algún día. Luego, el jefe de la familia lo guio por un laberinto de callejuelas llenas de escombros y de cuerpos descompuestos, hasta dejarlo junto a una carretera que estaba desierta, indicándole la dirección que llevaba hacia el Líbano. Caminó por ella avanzando lentamente, siempre hacia Beirut. Cuando sentía ruido se escondía y cuando regresaba el silencio continuaba. Durante su éxodo se encontró con tres colegas periodistas que, también heridos, hacían la misma ruta que él. Finalmente los cuatro pudieron escapar de la ratonera donde se habían metido, gracias a que en el segundo amanecer se encontraron con un convoy formado por siete camiones del Comité Internacional de la Cruz Roja y de la Media Luna Roja Siria, cuyos voluntarios, tras muchas dificultades, lograron atravesar con ellos la frontera. Ya en el Líbano, se dirigieron directamente al aeropuerto internacional Rafic Hariri de Beirut. Fue allí donde Valentino y sus compañeros de huida se enteraron de los nombres de su camaradas caídos y ,que a ellos, los daban por desaparecidos. Apenas pudo, desde el mismo aeropuerto, Valentino envió mensajes a sus familiares y a Nieves, la secretaria del Club Internacional de Prensa para informales que estaba vivo. Antes de subir al avión, también alcanzó a contestar algunos de los cientos de mensajes de ánimo que había recibido de sus lectores habituales, y varios correos electrónicos de Michelle, llenos de cariño y ternura.

     Cuando el avión por fin despegó, ya instalado en su asiento, Valentino cerró los ojos y sonrió, porque lo que no se imaginaban las fuerzas de seguridad sirias es que en su pequeño bolso negro que se había salvado de la rapiña, guardaba también una memoria USB con más de mil fotografías que le habían entregado miembros de la resistencia que demostraban las masacres indiscriminadas y las terribles torturas que los esbirros del régimen infringían a todo aquél que no estuviera de acuerdo con Asad: golpizas, colgamientos, descargas eléctricas, violaciones de mujeres, y degollamientos. Valentino sabía que parte de esas imágenes, antes de 24 horas, serían publicadas por lo medios de comunicación más influyentes del planeta, lo que provocaría que en el mundo se recrudecieran las acciones de repulsa contra el tirano.
 
https://www.google.es/search?q=reporteros+en+siria&hl=es&prmd=imvnsu&source=lnms&tbm=isch&ei=fDdlT5eELqmr0QW6vMCcCA&sa=X&oi=mode_link&ct=mode&cd=2&ved=0CCMQ



domingo, 26 de febrero de 2012

Regalos extraordinarios

     Capítulo 31
(Fotografía realizada por Aquiles Torres)


     Cuando el suelo de la casa empezó a vibrar y el aire se hizo irrespirable por la densa mixtura de olores fuertes y desagradables que despedía el ambiente de la sabana africana, Valentino le hizo una seña a Muchosnombres para sugerirle que hiciera regresar todo a la normalidad. De inmediato todo volvió a ser como era tres minutos antes y, aparte del sonido del traqueteo de unas copas de cristal, se hizo un silencio ancho como un horizonte. 


     Sólo quedaron, durante unos segundos, tres plumas de buitres flotando en el aire, hasta que finalmente cayeron sobre el delicado mantel. Lentamente los comensales comenzaron a reaccionar y empezaron a oírse murmullos y luego risas nerviosas. Por último, entre sonoros aplausos,  todos prorrumpieron en prolongados y estentóreos “vivas y bravos” en honor a Muchosnombres y al señor Destino por el magnífico truco que acababan de hacer en su honor.  


     Al finalizar de ingerir las viandas de la cena, comenzaron a degustar turrones, mazapanes, polvorones y sidra dulce “a asgaya”. Algunos habían comido tanto que apenas probaron los postres; se excusaron diciendo que estaban “refalfiaos” de tanto comer y, en cambio, prefirieron servirse un sabroso licor de cerezas del Valle del Jerte y Ratafía Catalana.


     Antes de tomar el café, la madre de Valentino les informó a sus seres queridos que ya podían leer los mensajes que les había preparado. Al instante, entusiasmados, comenzaron a levantar las lengüetas de los sobres que contenían los vaticinios escritos por Elvira. Algunos leyeron su carta en forma circunspecta, otros sonreían, y a varios se les llenaron los ojos de lágrimas y se levantaron a besar a Elvira. 


     Debido a que la “ecribidora” de vaticinios no conocía a Muchosnombres ni al señor Destino, se disculpó por no haberles también dejado a ellos sus correspondientes sobres con sus predicciones. Sin embargo, quiso ser gentil y les propuso que, si querían, cuando terminaran la cena les podría leer las líneas de sus manos.
- ¡Qué buena idea! – Exclamó guasón el señor Destino. Y agregó - ¡Hace siglos que quiero saber lo que me depara el destino! Desde que un nigromante de la corte de Cleopatra me descifró los códigos de las palmas de mis manos, nadie más lo ha hecho.


     Estaban todos entusiasmados leyendo sus predicciones 
cuando sonó varias veces el teléfono de Valentino. Como no lo contestaba, el señor Destino lo instó a hacerlo:
- Valentino, por favor, contesta tu teléfono.
- ¿Es el mío? – Preguntó Valentino haciéndose el cándido.
- Sí, es el tuyo. Sabes que es el tuyo.
     Finalmente, sonriendo, Valentino se disculpó:
- Como no teníamos conexión por la tormenta, me había olvidado del teléfono – Y a continuación contestó la llamada. 


     Se produjo un silencio transparente. Alguien entonces comentó: “Ha pasado un ángel”. Sin embargo nadie rompió la tregua porque todos querían escuchar lo que contestaría Valentino. A los pocos segundos le dijo a su interlocutora telefónica:
- Gracias, también yo te deseo lo mejor…. ¡Vale! Confírmame la fecha de tu llegada por e-mail. Sí, mi invitación sigue en pie. Lo siento, pero en el restaurante “La Flor de Montera” no hacen reservas, pero sé a qué hora ir para conseguir mesa. ¿El programa?...Lo mejor es que lo improvisemos 
¿Te parece?...También yo te mando un beso. Nos veremos dentro de unos días. Sería mala suerte que tu estancia en Madrid coincidiera con un reportaje periodístico que debo ir a hacer a Siria.


     Ante la mirada inquisitiva de los presentes, Valentino les confidenció:
- Era una amiga mexicana.
- Que se llama Michelle – agregó el señor Destino. 
- Sí, era Michelle.
- ¿Y quién es Michelle? ¿Una amiga periodista?– le preguntó su madre.
- No madre, es una chica mexicana que vive en Chile y que conocí hace algunas semanas mientras visitaba las excavaciones de Atapuerca en Burgos. 
- Y que luego, por esas cosas del destino, la reencontró en Madrid – Exclamó con sorna el señor Destino.
- ¿Es verdad que fue una casualidad? – Le consultó una de sus hermanas. 
- Sí, es verdad – Admitió Valentino.
- ¡Vaya casualidad! ¿Y cómo es ella? - Quiso saber su hermano mayor.
- Es una chica normal.
- ¿Cómo de normal? – Insistió el hermano. Y dejó caer otra pregunta - ¿Tienes una foto de ella para que la conozcamos?
- No, la verdad es que apenas la conozco; ni siquiera tengo fotos de ella.
- Sí tiene; en su billetero tiene una foto – Aseguró el señor Destino sonriendo en forma maliciosa.
- No, verdad señor Destino, no tengo fotos de Michelle.
- Sí señor Valentino, tienes una, abre tu billetero.
     A regañadientes Valentino lo hizo y, efectivamente, en uno de los compartimentos había una fotografía de la mexicana que el señor Destino, valiéndose de sus poderes había puesto allí. De inmediato la foto pasó de mano en mano y todos empezaron a hacer comentarios. Hasta los sobrinos de Valentino le preguntaban a coro “¿Será nuestra tía?”. Al finalizar la ronda, durante varios minutos, la conversación giró en torno a la hermosa chica sonriente de la fotografía que el señor Destino había hecho aparecer en la cartera de Valentino.
La última en opinar fue su madre, quien sentenció:
- Tiene cara de buena persona, hijo; sus ojos dejan ver un interior más hermoso aún que su rostro.  
- Y las madres suelen no equivocarse – Argulló en medio de una sonora carcajada el señor Destino.


     Cuando terminaron la cena se levantaron y dividieron en pequeños grupos en los amplios salones de la vivienda.
Fue sólo entonces, cuando Muchosnombres, aprovechando que estaba a solas con Valentino, extendió su brazo y le entregó  una pequeña caja.
- Te he traído un pequeño obsequio, querido amigo.
- ¿A mí? ¿Por qué?
- Porque nunca me has pedido nada para ti.
- Me lo advertiste cuando te conocí en el Parque del Retiro ¿Recuerdas?
- No sólo lo recuerdo, lo tengo siempre presente. Te vuelvo a recordar que para mí siempre es presente. 
- Lo sé, lo sé.
- ¡Anda, abre la caja! – le susurró al oído.


     Valentino desató la cuerda, cuando abrió la tapa de la pequeña arca un aroma embriagador, como una serpiente sigilosa, se deslizó de ella. Miró al interior y descubrió que contenía un simple papel con la frase “Vale por un diez por ciento más” con caracteres manuscritos. Aunque se sorprendió, lo disimuló bien, y le dijo a Muchosnombres:
- No lo entiendo. Sólo percibo un olor muy agradable que no había sentido nunca, y a la frase no le encuentro sentido. ¿A qué te refieres con un diez por ciento más?
- ¿No adivinas qué significa?
- Lo lamento, pero no.
- Es algo por lo que muchos hombres y mujeres matarían.
- ¿Está relacionado con el dinero?
- ¡Frío frío!
- ¿Tiene relación con el poder?
- ¡Frío frío!
- ¿Con las relaciones humanas?
- ¡Tibio tibio!
- ¿Con la edad talvez?
- Caliente caliente.
- Sigo sin entenderlo del todo.
- Significa que te regalo algo muy especial: tiempo. 
- ¿Tiempo? ¿Se puede regalar el tiempo?
- Yo puedo. Vivirás un diez por ciento más de lo que te hubiera correspondido vivir. 
- Es el mejor regalo que me han hecho en mi vida; no sé qué decir – Confesó Valentino.
- Pues no digas nada. Me alegro que te guste – contestó Muchosnombres.


     De inmediato el señor Destino le entregó también un pequeño estuche.
- Querido Valentino, también yo te he traído un presente.
- ¿Otro obsequio más?
- Sí, ábrelo, te será útil en tu vida.


     Valentino rasgó el papel, abrió la pequeña caja rectangular y dentro había tres cartas correspondientes a tres “jokers”.
- Son tres comodines.
- Efectivamente son tres comodines. Como sabes, en algunos juegos los comodines son cartas que, al combinarlas con otras, toman el valor que el jugador que los posee les quiera dar. Sirven para completar una mano y ganar un juego.
- ¿Quieres decir que en el juego de la vida pueden servir para cambiar el destino?
- Efectivamente.
- ¿Y en caso de una dificultad las podré usar? ¿Surtirán efecto?
- Te las regalo para que las uses. Si alguna jugarreta mía puede hacerte daño y quisieres cambiar el resultado del juego, me puedes devolver una carta y yo te daré una segunda oportunidad. 


     Apenas Valentino cerró las dos cajas todos se acercaron a ver qué contenían. Y al comprobar que sólo eran dos papeles con frases que no pudieron relacionar con nada volvieron a lo que estaban haciendo. Mientras, Valentino con el corazón latiéndole a cien por hora de felicidad por la suerte que tenía, les gritó a sus seres queridos:
- Son bromas de estos dos, son bromas de estos dos – y emocionado, les dio un abrazo a ambos.

viernes, 20 de enero de 2012

Una Nochebuena con sorpresas

Capítulo 30
(Fotografía realizada por Aquiles Torres)

     La noche del 24 de diciembre el interior de la casa de montaña de los padres de Valentino estaba iluminado por el resplandor de las llamas de las dos inmensas chimeneas y por la luz cálida de decenas de velas que habían dispuesto estratégicamente por todos los rincones de la estancia.

     Después que los niños terminaron de cenar, se situaron a jugar junto a la maqueta del pesebre y al árbol de Navidad, donde reían y canturreaban villancicos. Cuando faltaban algunos minutos para las nueve de la noche, Elvira, la madre de Valentino, invitó a todo el grupo a ocupar sus puestos junto a la inmensa mesa que lucía esplendorosa, cubierta por un mantel de color verde manzana, sobre el cual habían depositado una vajilla de colores carmesí y verde oscuro; numerosos cuencos con aderezos de diferentes colores y sabores; varias botellas de cristal tallado que contenían vinos blancos y tintos; cubiertos de plata, con la marca de una herradura en los mangos, que nadie recordaba qué generación la había aportado a la familia; y como ahora está de moda, copas translúcidas, de diferentes estilos y colores: púrpuras, añiles, verdes, azules y amarillos. Frente al puesto de cada comensal había pequeños sobres con el nombre de cada uno, que contenían una tarjeta escrita a mano por la madre de Valentino, con una predicción y un deseo especial para cada miembro de la familia. La noche anterior a Nochebuena, Elvira solía decir “Me voy a mi oráculo”, y se encerraba con llave en su habitación. En hojas de papel que ella misma fabricaba utilizando fibras vegetales de su jardín, concentraba en ellos sus pensamientos y escribía un nombre de un ser querido y luego apuntaba lo que le dictaba su corazón. Solía decir que era un don, ya que ella no decidía qué escribir, insistía en que había una fuerza en su interior que hacía que su mano caligrafiara los mensajes. El juego consistía en que nadie debía enterarse de las predicciones de los demás. Era una tradición que ella aprendió de su madre, y su madre de la suya y así había sido, probablemente, desde que su linaje apareció sobre la tierra.

     A las nueve de la noche en punto comenzaron a oír los ecos de un coro de voces lejanas que cantaban canciones de Navidad. Valentino sonrió porque recordó que cuando él y sus hermanos eran adolescentes, también salían a cantar recorriendo el pueblo. Todos se asomaron a la puerta y pudieron ver cómo una fila de jóvenes, premunidos de pequeñas lámparas que parecían luciérnagas en la oscuridad, pasaron frente a la casa y luego se perdieron en las callejuelas con dirección a la iglesia.  

- Por favor, todos adentro, ya es hora de servir la cena – Suplicó Elvira.
     De inmediato todos entraron ateridos de frío buscando el calor del interior de la casa. Cuando se sentaron a la mesa sólo las dos sillas que estaban a la derecha y a la izquierda de Valentino permanecieron vacías. Entonces su madre le dijo con un mohín de tristeza:
- Hijo, te advertí que tus amigos no podrían llegar. ¿Te han llamado por teléfono?
- No funcionan los teléfonos, madre. Pero te aseguro que llegarán en unos momentos, puede que antes que comencemos a degustar el aperitivo. ¡Créeme!
- ¿Cómo puedes estar tan seguro, Valentino?
     Valentino lo estaba porque ya conocía lo suficiente a Muchosnombres. Y su pálpito no lo defraudó, porque cuando aún latía en el aire la pregunta que la madre le había hecho, golpearon tres veces a la puerta. Todos se quedaron sorprendidos y miraron a la vez a Valentino, quien se levantó y les dio a todos, sonriente, un repaso como diciéndoles con el gesto: “Os lo dije”. Se dirigió hacia la puerta, la abrió y todos pudieron ver a Muchosnombres y al señor Destino cubiertos de nieve, quienes, al unísono, desearon a todos “Feliz Navidad”. La madre se levantó de inmediato para invitarlos a entrar:
- Soy Elvira, la madre de Valentino, los amigos de mis hijos son siempre bienvenidos en esta casa.

     Luego Valentino les pidió a Muchosnombres y al señor Destino sus abrigos, sombreros y bufandas, y los presentó a todos sus familiares y amigos. De inmediato casi todas las miradas se centraron en Muchosnombres, quien  vestía un elegante traje negro con un escote generoso que enmarcaba unos pechos espléndidos, en medio de los cuales se asomaba un colgante de color granate que brillaba como el fuego. Probablemente ninguno de ellos llegó a imaginar quién era realmente esa hermosa muchacha. Si bien todos sintieron una sensación extraña de unidad y de paz consigo mismos, no sospecharon que esa atmósfera de armonía se debía a que todos ellos formaban parte de Muchosnombres, porque como se lo había repetido varias veces a Valentino, ella era “todo lo existente...siempre”, algo que tampoco él nunca había llegado a entender ni, probablemente, podría conseguir comprender jamás.

     A continuación el padre de Valentino, muy parecido físicamente a su hijo, se puso de pie e invitó a todos a un brindis:
- Por todos vosotros, especialmente por los amigos que acabamos de conocer y que han llegado hasta nosotros a pesar de la oscuridad, del frío y de la nieve de esta noche de tormenta. Para que todos los hombres del mundo lleguen algún día a experimentar la felicidad que yo siento en este momento… ¡Salud!
- ¡Salud! – contestaron todos en coro, a la vez que levantaban sus copas de cristal rebosantes de cava catalán. Al exclamar “salud”, Valentino pensó, con cierta sensación de tristeza, en que lo que todos estaban viviendo no volvería a ocurrir jamás. Probablemente volverían a asistir a una Nochebuena parecida, pero como aquella nunca más, porque en la vida nada se vuelve a repetir del mismo modo.

     Apenas la cena comenzó el ambiente se llenó de conversaciones cruzadas, y del sonido producido por la manipulación de la vajilla y de los cubiertos. El primer plato consistió en sopa de cebolla con puerros y queso rallado, con dados de pan fritos y dorados en aceite de oliva. De segundo sirvieron “Pitu de caleya” acompañado de patatas panaderas, a la vez que dispusieron sobre la mesa varios boles con ensaladas distintas, aderezadas con salsas diversas.

     Mientras cenaban, una hermana de Valentino le consultó a Muchosnombres en qué trabajaban. Le confesó que el día anterior se lo habían preguntado a su hermano, y que éste había escabullido la pregunta, respondiéndoles que no sabía exactamente en qué. La única pista que les había dado es que era un trabajo altamente especializado que les obligaba a viajar mucho por todo el mundo.
- Efectivamente es como ha dicho Valentino, viajamos mucho y nadie, aparte de nosotros, puede hacer lo que hacemos.
- Pero… ¿Se puede saber en qué consiste vuestro trabajo?
    
     Muchosnombres y el señor Destino miraron a Valentino y luego de hacerle un guiño de complicidad, Muchosnombres contestó:
- Somos hipnotizadores y magos, por eso usamos estos nombres de fantasía que tanto llaman la atención a tantas personas. Hacemos trucos que nadie más sabe hacer.
- ¿Hace mucho que trabajan juntos?
- Hace mucho mucho mucho tiempo – Exclamó el señor Destino sonriendo como un bribón.
- ¿Qué tipo de hipnosis y de magia hacen? – inquirió una cuñada de Valentino.
- De todo tipo.
- ¿No tienen una especialidad?
     Entonces interrumpió Valentino, quien explicó:
- Son buenos en todo; hacen trucos que parecen imposibles.
- Me encanta la magia y la hipnosis - Confesó el padre de Valentino. Y matizó – Recuerdo que hace apenas unos siglos  la magia estaba prohibida; decían que era brujería. Por esta razón, en estas tierras, la Inquisición llevó a muchos inocentes a la hoguera.
- ¿Nos podrían regalar con algún truco? – suplicó Elvira.
- ¿Qué le gustaría, Elvira?
- No sé… ¿Podrían hacer aparecer un conejito?
- Lo del conejo lo hacen casi todos – Se excusó Muchosnombres - ¿Le parece mejor que hagamos aparecer un animalito más grande?
- Lo que usted quiera Muchosnombres - le respondió Elvira.

     Como los niños habían oído que aparecería un animalito, se acercaron a la mesa y comenzaron a chillar entusiasmados:
- Yo quiero que hagan aparecer un león.
- Y yo un elefante.
- Mejor un rinoceronte.
- Yo prefiero una jirafa con un cuello muy largo.
- Sí sí, jirafas, y también cebras.
    
     Muchosnombres y el señor Destino se entusiasmaron con la reacción de los críos y comentaron al unísono:
- Vale niños, haremos aparecer algunos animalitos africanos. Por favor, que nadie toque nada de lo que vean y que nadie se asuste, porque recuerden que es sólo una suerte de magia. Todo es fantasía. Y ahora, por favor, mírennos a los ojos.

     Y tal como había sucedido en el Restaurante del Casino de Madrid unos meses antes, en un santiamén, el inmenso comedor se transformó en una llanura africana con un sol que producía un calor sofocante, repleta de elefantes que barritaban, búfalos que mugían, hienas que aullaban, impalas que bramaban, leones que rugían, guepardos que gruñían, cebras que emitían un sonido entre un rebuzno y un relincho; sólo a las jirafas no se les oía ruido alguno porque, según explicó el señor Destino, emiten sonidos con una frecuencia muy baja, que los humanos no podemos percibir. Todos esos animales estaban allí, sobre una vasta sabana que se extendía hasta donde se perdía la vista.

     Al ver los animales, todos los comensales, con la excepción de Valentino, quien ya conocía el percal, comenzaron a inquietarse. Las hermanas y una cuñada de Valentino, al ver que los leones se comenzaban a acercar a los niños, comenzaron a gritar, mientras tres elefantes metían sus trompas en la mesa hasta zamparse un par de bandejas de turrones. Lo peor fue cuando se dejaron caer sobre la mesa una docena de buitres que empezaron a picotear todo lo que encontraban. Mientras los chavales exclamaban “¡Qué guay…qué guay!”, el resto de la familia permanecía como petrificada en sus asientos, sin mover nada más que sus ojos de derecha a izquierda y viceversa, sin poder explicarse cómo habían podido todos ellos meterse en esa llanura africana que era igualita a las que en alguna ocasión habían visto en las documentales de la National Geographic. 

sábado, 31 de diciembre de 2011

Navidad en la aldea de la infancia

Capítulo 29
(Fotografía realizada por Aquiles Torres)

     El 23 de diciembre, temprano, en un día muy frío pero con mucho sol, Valentino salió desde Madrid hasta el lugar donde  pasaría la Nochebuena con sus seres queridos. Por delante le esperaban varias horas de viaje. Cuando faltaban menos de cien kilómetros para llegar a su destino el día continuaba siendo azul, pero la tierra estaba manchada de nieve. Iba feliz escuchando villancicos de Navidad. Incluso los canturreaba. Miraba la naturaleza que se le ofrecía tan bella, que casi le parecía un sueño o el escenario de un ballet. Sin embargo, igual como cambia la vida, a medida que empezó a subir hacia la montaña, el cielo se empezó a nublar, el ambiente se tornó amenazante, la temperatura bajó y, finalmente, comenzó a nevar.

     Así, conduciendo en medio de una suave nevada, llegó Valentino a un pequeño pueblo de montaña enclavado en lo más profundo de la Cordillera Cantábrica. Allí sus padres tienen una gran casa, empezada a construir más de dos siglos antes por antepasados por vía materna, que distintas generaciones la habían ido ampliando con el tiempo. La madre de Valentino la había heredado cuando era soltera. Luego, cuando se casó con el padre de Valentino, comenzaron a restaurarla y, a medida que fueron naciendo hijos, la ampliaron aún más. Desde entonces era uno de los lugares favoritos de vacaciones de la familia. También es el lar que, durante estos días de invierno, permanece tibio gracias a las dos chimeneas que mientras ellos están allí, las mantienen siempre encendidas. Es en esta casa donde todos los miembros  del clan, formado por los hermanos, hermanas, maridos, esposas, sobrinos, sobrinas y abuelos de Valentino, acostumbran a reunirse a celebrar las Pascuas. Valentino solía decir que no concebía vivir una Navidad en otro lugar que no fuera en aquel hermoso enclave del Pirineo español, porque sus primeros recuerdos de la Natividad son de allí.

     La aldea, que es como un lunar en medio de la montaña, tiene menos de doscientas casas y en el centro de ellas, en una gran plaza, hay una iglesia románica muy antigua, levantada a poco de comenzar el segundo milenio, en el mismo lugar donde la tradición cuenta que existía una ermita construida en el siglo sexto. El hermoso y austero edificio del templo románico, tal como ha permanecido hasta hoy, incluso, fue comenzado a construir medio siglo antes que la Catedral Románica de Santiago de Compostela, cuando gran parte de la Península Ibérica estaba invadida por los musulmanes, quienes tenían su capital en el sur, en la ciudad de Córdoba.

     Ese paso del milenio primero al segundo generó entonces temores irracionales en los supersticiosos hombres de la época. También coincidió con un suceso políticamente muy importante: entre las fuerzas que invadían entonces lo que en esos años era España, se produjo una “Fitna”, que en árabe significa “guerra civil o división”, tras la cual, la fuerzas invasoras se fraccionaron en decenas de facciones que se transformaron en reinos islámicos independientes llamados “Taifas”. Precisamente aquellos fueron los años en que comenzaron a construir la iglesia del pueblo de los ancestros de Valentino, época en que también se comentaba en voz baja que el llamado “Santo Grial”, que según la tradición cristiana es la copa usada por Jesucristo durante la llamada Última Cena, había sido traído a la península, para ocultarlo en esas tierras.

     Un poco más tarde, en la Edad Media, una rama de los antepasados de Valentino comenzó a fabricar herraduras y clavos, y a herrar caballos de pueblo en pueblo. Luego, la siguiente generación montó una gran herrería que los hizo amasar cierta fortuna. Pero fue sólo a fines del siglo dieciocho, cuando un pariente lejano de Valentino, propietario de una gran extensión de terreno, construyó en la pequeña villa la mejor casa de todas las que había en esas desoladas tierras.

     Por la mañana del Día de Nochebuena, los pequeños de la familia fueron los primeros en levantarse. Cuando se asomaron por los ventanales comenzaron a chillar, porque contemplaron con alegría que un fuerte temporal de nieve y viento hacía danzar densas cortinas de nieve. Vieron que todo, completamente todo, las montañas, el pequeño valle, los árboles, las calles y las viviendas del pueblo estaba cubierto de nieve. De este modo, como solía suceder cada año, definitivamente ya nadie podía llegar ni abandonar el lugar.

     Media hora después, mientras la numerosa familia tomaba un reconfortante desayuno de montaña, en una larga mesa donde había café, leche, casadiellas, pan hecho en casa, mermeladas caseras, mantequilla y quesos del pueblo, Valentino le comentó a su madre que, probablemente, dos amigos suyos vendrían a compartir con ellos la cena de Nochebuena.
- Me encanta que vengan amigos tuyos, hijo, si vienen, como siempre, serán bienvenidos, pero dudo que puedan llegar; el pueblo está incomunicado.
- No te preocupes, madre – le contestó Valentino – Los conozco; sé que llegarán.
- ¿Los conocemos nosotros? – le preguntó su madre.
- No los conocéis, soy amigo de ellos sólo desde comienzos de este año.
- ¿Son hombres o mujeres? – Interrogó su hermano mayor.
- Una chica y un chico.
- ¿Son matrimonio?
- No, trabajan juntos. Ella es su jefe.
- ¿En que trabajan?
- No sé exactamente en qué. Sólo sé que están altamente especializados en lo que hacen, que viajan mucho y que su trabajo es muy importante.
- ¿Qué edades  tienen?
- Entre treinta y cuarenta.
- ¿Es simpática ella?
- Muy simpática y muy bella. Es la mujer más hermosa que he conocido en mi vida.
- ¡Ah!...Me parece que estás entusiasmado con ella… ¿Verdad? – exclamó otra de sus hermanas.
     Y agregó la menor:
– Hermanito, ya va siendo hora que sientes la cabeza. ¿De verdad que no es tu novia ni una “amiga especial”?
- No es mi novia, y aunque es una amiga especial, no es como otras amigas especiales que tengo; ambos son sólo amigos míos.
- Qué lástima que el bellezón del que nos hablas no pueda venir. Me hubiera encantado conocer a esa mujer que nos has dicho que es tan guapa. Con el pueblo aislado, no creo que puedan llegar; es imposible – Volvió a insistir uno de los hermanos de Valentino. Y agregó - Aunque deje de nevar estaremos así por lo menos tres días, como sucedió hace dos años… ¿Recuerdas?
    
     Valentino hizo una pequeña mueca que escondía una media sonrisa y murmuró “Ya veremos, ya veremos”.

     Inmediatamente después del desayuno, mientras los críos, debidamente abrigados, hacían un gran muñeco de nieve frente a la casa, los mayores se dedicaron a trabajar en equipo en la preparación de las viandas, la decoración y en todos los detalles para la cena.

     Cuando terminaron, Valentino se calzó zapatos de alta montaña, un chubasquero verde engrasado, un sombrero del mismo material, y salió a caminar bajo el temporal de nieve. Siempre le gustó hacerlo. Además aquí se sentía más libre que en ninguna parte. Cuando fue reportero en zonas en conflicto y fue testigo de las animaladas que eran capaces de hacer los hombres: violaciones de mujeres indefensas, niños soldados matando como autómatas, hombres destripando hombres, soldados degollando niños, cuerpos irreconocibles por las explosiones de “hombres bombas”; para soportar el dolor que lo embargaba hasta las lágrimas, pensaba en “su” pequeña aldea y recordaba las felices y pacíficas Navidades de su infancia. Sólo así, ayudado de esta arma secreta que eran sus recuerdos, aguantó dos años informando al mundo y a sus lectores que si existía un infierno, éste estaba en la tierra.

     Cuando llegó a la pequeña plaza y se enfrentó con la iglesia, decidió entrar. Recordó que cuando niño había cantado en su coro. Aunque el día era frío y gris, dentro estaba tibio y una luz dorada invadía hasta los últimos resquicios de su arquitectura interior. Se sentó frente al altar mayor y cerró los ojos. Como no es creyente, no se persigno ni rezó ninguna oración a ninguna deidad. En medio del silencio pensó en los extraños acontecimientos que le habían sucedido desde aquel día de enero en que, en el Parque del Retiro de Madrid, había conocido a Muchosnombres. Ese encuentro había cambiado en parte su vida, porque desde entonces, las cosas complicadas empezaron a ser más transparentes para él; ya no se encontraba con tantos laberintos sin poder resolver; y hasta se le había aguzado el sentido común. El silencio que latía en el ambiente, el claroscuro áureo que flotaba en el aire, y la música del órgano que comenzó a danzar por los pasillos que conforman una planta de cruz latina, lo ayudó a valorar lo que le había sucedido el año que estaba a punto de terminar.
- Aunque ha sido un buen año, pudo haber sido ser mejor – exclamó bajito.

     Entonces, de todas partes y de ninguna, como un trueno, una voz que él ya conocía, exclamó:
- ¿Te das cuenta que sólo piensas en ti y que no te conformas con nada? ¿Y qué has hecho tú para que el mundo fuera mejor para todos?

      A continuación sonó una risa cristalina que, igual como vino, se fue.

     “Es verdad ¿Qué he hecho yo para que mi vida y este mundo fueran un poco mejor?”, pensó Valentino. A pesar de la reprimenda de Muchosnombres, en paz consigo, se levantó de la banca, se puso en pie y comenzó a hacer el camino de regreso hacia su hogar.   


(Adeste Fidelis)